Alessandro tenía algo.
Lo sabía por la forma en que evitaba mirarme directo a los ojos cuando hablábamos. Mi hermano nunca había sido bueno ocultando cosas, y llevaba tres días comportándose raro. Entraba a mi oficina, empezaba a hablar de cualquier cosa, y después se iba sin decir lo que realmente había venido a decir.
Esta mañana había sido igual. Entró mientras yo revisaba los números del puerto, se sentó frente a mi escritorio, y se puso a hablar del clima.
—¿Qué carajo te pasa? —le pregunt