—Me sigues mintiendo —la acusé.
—Cree lo que quieras, no me importa.
No sabía qué hacer. La rabia no se me iba, pero la veía llorar y se me partía el alma. Tenía razón, era un enfermo. Un loco. Y ella estaba tan loca como yo por querer quedarse conmigo.
—¿Qué se supone que tengo que creer si no me dices las cosas?
—Lo que quieras, ya te dije. Me da igual. No hice nada malo, no tengo por qué contarte todo lo que hago desde que me levanto hasta que me acuesto… Y me haces seguir para controlarme.