Lucile
El reloj de la pared marcaba las cuatro de la mañana, pero no podía dormir.
No lo hacía desde que mi mundo perfecto se derrumbó frente a mí… desde que me lo arrebataron todo.
Max, ese bastardo ingrato, sonreía como un imbécil en cada maldito video que había conseguido de las cámaras ocultas.
La zorra se paseaba por mi casa con sus harapientos bastardøs como si fueran príncipes.
Y Pierre…
Ese hijo de put∆ se había atrevido a traicionarme. A abandonarme cuando más lo necesitaba. A entre