Madga
Augusto me rodeó con el brazo apenas escuchamos otro disparo.
Luciano le había ordenado con voz firme, cortante, como si cada palabra suya pesara más que las balas:
—Augusto, sácala. Protégela con todo. Ella es mi mujer y nadie la toca.
Mi cuerpo temblaba, pero no por miedo. O no solo por eso.
La adrenalina me nublaba el juicio. Apenas dimos cinco pasos hacia la salida del restaurante, escuché un ruido seco detrás, seguido de otro mesero que se acercaba por la izquierda. No iba con una b