Max
Lucile me esperaba al pie de la escalera principal con una copa en la mano y la sonrisa perfectamente ensayada.
Su vestido brillaba bajo las luces del salón, ajustado en las curvas, dejando al descubierto sus hombros, como si todo en ella gritara “mírenme”.
Me acerqué con una calma que no sentía.
—¿Me estabas buscando? —pregunté, dándole un beso en la mejilla.
—Siempre —ronroneó, pasándome la copa que había estado sosteniendo para mí—. Ven, mi amor. Mi padre quiere saludarte.
No podía evit