Max
Me subí al auto sin mirar a nadie. El motor ronroneó con suavidad al girar la llave.
—Señor, permítame conducir —dijo el chófer, acercándose a la puerta del conductor.
—No.
No le grité, no hice un gesto brusco. Solo lo miré.
Y bastó.
Porque en ese momento supe que ya no confiaba en nadie. No podía. No después de todo lo que vi.
Aceleré antes de que pudiera insistir. Las luces de la fiesta quedaron atrás, junto a los gritos, los oficiales, y la imagen de Lucile corriendo como una rata acorra