Capítulo 4: Volver a empezar

El avión tocó la pista con un golpe seco que vibró en el pecho de Vanessa. Afuera, el sol de Florida entraba a raudales por las ventanillas, cegador y cálido, como si el mismo Miami la estuviera abrazando después de cinco largos años.

Habían pasado cinco años desde la última vez que pisó suelo estadounidense. Desde que su padre la miró con odio y le dijo "vete, no quiero volver a verte". 

Y ahora volvía.

No volvía por ellos. Volvía por ella. Por su trabajo. Por su hijo.

—Mamá, ya aterrizamos.

La voz a su lado era pequeña pero firme, con esa seguridad que solo tienen los niños que han tenido que crecer demasiado rápido. Liam tenía cinco años, casi seis, llevaba puestos sus audífonos de diadema, una tablet en una mano, unas gafas de pasta azul ajustadas en la nariz y un pequeño traje gris que le daba un aire de ejecutivo en miniatura.

Vanessa sonrió y le revolvió el pelo.

—Sí, mi amor. Ya llegamos.

—¿Aquí es donde naciste? —preguntó Liam, guardando la tablet en su mochila de dinosaurios con movimientos precisos.

—Sí. En Miami. Allá abajo, entre esas palmeras.

Liam se asomó a la ventanilla. La ciudad se extendía ante él como un mapa de colores brillantes: el azul del océano, el verde de los árboles, el blanco de los edificios.

—Es bonito —dijo, con su seriedad habitual—. Pero no es tan bonito como Barcelona.

Vanessa rió. Ese niño suyo, siempre tan honesto.

Se levantaron del asiento. Recogieron el equipaje y caminaron por el pasillo del aeropuerto. Liam iba delante, con paso decidido, como si hubiera estado allí mil veces. 

Vanessa lo observaba y recordaba.

Recordaba la primera vez que supo que estaba embarazada. El apoyo de Javier, su jefe. De cómo se convirtió en la mejor empleada de Gaudí Global. 

Sus ahorros crecieron. Su padre seguía depositando la manutención sin cartas, sin llamadas, sin interés y ella guardaba cada dólar en una cuenta que nadie conocía.

Y ahora, cinco años después, Javier la había nombrado directora de la nueva sede en Miami.

—Mamá, voy al baño —dijo Liam, soltándose de su mano.

—¿Seguro que no quieres que te acompañe?

—Mamá, tengo cinco años. Puedo ir solo al baño.

Vanessa sonrió. Era cierto. Era tan independiente que a veces se olvidaba de que todavía era un niño.

—Está bien. Te espero aquí, en la puerta. No tardes.

Liam asintió y caminó hacia el baño de caballeros con paso decidido, como si el aeropuerto fuera su casa. Vanessa se quedó apoyada en la pared, revisando su teléfono. 

---

Ignacio llegó al baño del aeropuerto con el sueño pegado a los párpados. En dos horas tenía una reunión millonaria con la mano derecha de un empresario importante. No podía permitirse llegar tarde ni desaliñado.

Cuando iba a entrar, un niño apareció desde la izquierda. Chocaron suavemente.

Se miraron.

Ignacio levantó una ceja. El niño levantó la misma ceja.

Ninguno dijo nada. Entraron.

Fueron a lavabos contiguos. Abrieron la llave al mismo tiempo. Se echaron agua en la cara al mismo tiempo. Al bajar las manos, chocaron sus mejillas. Un golpe suave, accidental.

El niño lo miró. Levantó las cejas como diciendo "¿qué haces?". Ignacio levantó las suyas igual.

Cerraron la llave. Se echaron agua en el cabello. Se peinaron hacia atrás con los dedos. Todo al mismo tiempo.

El niño lo encaró.

—Ya basta. ¿Por qué me imitas?

Ignacio sonrió, burlón.

—¿Qué te pasa, enano? Tú me imitas a mí.

—¡Mentira!

—Parezco tu papá o qué —dijo Ignacio, cruzando los brazos.

El niño lo miró con desprecio.

—¿Papá? no sé qué es eso. Y si fuera como tú, un imitador, no lo querría ni regalado.

Ignacio soltó una carcajada. El niño no se inmutó.

—Tengo que irme —dijo Liam, ajustándose la mochila de dinosaurios—. Mi mamá tiene una reunión muy importante y no puedo perder el tiempo contigo.

Y se fue. Sin mirar atrás.

Ignacio se quedó solo frente al espejo. Se miró. Sacudió la cabeza. Y sonrió.

—Este enano —murmuró—. Tiene carácter.

Salió del baño. Sofía lo esperaba.

—¿Todo bien, señor?

—Sí. Vamos. No quiero llegar tarde.

Pero mientras caminaba, no pudo dejar de pensar en ese niño de gafas azules. En cómo movían las manos al mismo tiempo. En cómo se miraban como si ya se conocieran.

Qué raro, pensó. Parecía un espejo.

---

Minutos más tarde Ignacio estaba en su oficina cuando Sofía lo anunció por el intercomunicador.

—Señor, la señorita Mendoza ya llegó.

—Hazla pasar.

La puerta se abrió.

Y ella entró.

Ignacio no pudo respirar.

No era solo que fuera hermosa. Era algo más. Algo que no podía explicar.

Su mirada se clavó en ella y no pudo soltarse. El cabello negro cayendo sobre los hombros. La forma de caminar. La seguridad en cada paso.

Pero fue el olor lo que lo mató.

Jazmín.

Un jazmín dulce, profundo, que le llegó como un golpe en el pecho. Como un recuerdo que no terminaba de aterrizar. Como algo que había olido antes, en otro tiempo, en otro lugar, y que su cuerpo había guardado en algún rincón oscuro de la memoria.

¿De dónde conozco este olor?

No lo sabía. Pero su sangre sí.

Sintió cómo la camisa se le pegaba a la espalda. Un sudor frío le recorrió la nuca. Tragó saliva, pero su garganta seguía seca. Su corazón latía rápido, demasiado rápido.

Respiró hondo.

El jazmín se le metió por la nariz y le bajó directo al vientre. Un calor seco, punzante. Un deseo bestial, incontrolable, que le retorció las entrañas.

Le dieron ganas de agarrarla. De empujarla contra la pared. De arrancarle la ropa a besos.

Apretó los puños. Clavó las uñas en las palmas.

Control, se ordenó. Control.

Vanessa se detuvo frente a él y le tendió la mano.

—Señor Montesinos. Vanessa Mendoza. 

Ignacio tomó su mano. La sintió suave, caliente. Otra descarga.

—Mucho gusto —dijo. Su voz salió ronca. Rota. Apenas un hilo.

—Siéntese, por favor —dijo, señalando la silla.

Vanessa se sentó. Cruzó las piernas. Ignacio se dejó caer en su silla y fingió revisar unos papeles.

No la mires, pensó. No la mires.

La miró.

Ella comenzó a hablar. Números, fechas, proyecciones. Ignacio asentía. Decía "sí, continúe", "sí, está bien". Pero no escuchaba. No podía escuchar.

Solo podía oler.

El jazmín llenaba la oficina. Flotaba entre ellos. Se le metía en los pulmones, en la sangre, en los huesos.

Le sudaban las manos. Le sudaba la frente. Tragó saliva otra vez, pero su boca seguía seca. Sintió un calor en la entrepierna, duro, insistente. Cruzó las piernas debajo de la mesa para disimular.

¿Qué me pasa?, pensó. Si no la conozco.

Pero su cuerpo sí la conocía.

—¿Señor Montesinos? —dijo Vanessa, deteniéndose—. ¿Me está escuchando?

Ignacio parpadeó. Su mirada estaba fija en sus labios.

—Sí —respondió, con la voz ronca—. Sí, continúe.

Vanessa arqueó una ceja, pero siguió.

Él no dejaba de respirar hondo. Cada bocanada de aire le traía más jazmín. Más deseo. Más locura.

Dios mío, pensó. Quiero arrancarle la ropa. Quiero enterrar la cara en su cuello. Quiero saber si todo su cuerpo huele así.

Se mordió el labio. Apretó el brazo del sillón.

Vanessa terminó su exposición.

—¿Qué le parece? —preguntó.

Ignacio la miró a los ojos. Oscuros. Profundos. Le recordaron a alguien.

—Acepto —dijo.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP