El brazo de Javier aún colgaba en un cabestrillo cuando llegó a la oficina de Gaudí Global aquella mañana. El médico le había dicho que necesitaba reposo absoluto, que el esguince en el hombro era más grave de lo que parecía y que si no se cuidaba, podría quedarle una lesión crónica. Pero Javier nunca había sido bueno siguiendo órdenes. El dolor era soportable, un recordatorio constante de la noche en que había saltado para proteger a Ignacio de los hombres de Marcos. Una noche que había cambia