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Capítulo 5: Ganar un corazón endurecido.

Sofía entró con paso firme, una carpeta roja en las manos y una sonrisa profesional en el rostro.

—Señor Montesinos, aquí tiene los documentos. Ya revisados por el departamento legal. Todo en orden.

Ignacio tomó la carpeta y la deslizó sobre la mesa de caoba hacia Vanessa.

—¿Lista para hacer historia, señorita Mendoza?

Vanessa sonrió, tomó su bolígrafo plateado y firmó con un trazo limpio y seguro. Luego deslizó los papeles de vuelta hacia él.

—La historia ya está hecha. Solo faltaba su firma.

Ignacio firmó con su letra firme, cerró la carpeta y se puso de pie.

—Listo. Oficialmente somos socios.

Vanessa también se puso de pie y le tendió la mano.

—Un placer, señor Montesinos. Javier quedará muy contento.

Ignacio tomó su mano. La sintió suave, cálida. Otra vez esa electricidad.

—El placer es mío. La acompaño a la salida.

Salieron de la oficina y caminaron por el pasillo alfombrado. El aroma a jazmín flotaba entre ellos como un recuerdo que no terminaba de aterrizar.

Vanessa se detuvo.

—Disculpe, ¿dónde está el baño?

—Al fondo, a la izquierda —dijo Ignacio, señalando—. Yo la espero aquí.

Vanessa asintió y se fue. Ignacio se quedó apoyado en la pared, con las manos en los bolsillos, mirando el vacío.

Y entonces lo vio.

En una de las sillas de la sala de espera, con los pies colgando porque no llegaban al suelo, con sus gafas de pasta azul, su traje gris de ejecutivo en miniatura y su mochila de dinosaurios, estaba el niño del aeropuerto. El del baño. El imitador.

Tenía una tablet en las manos y la miraba con una concentración que no era normal en un niño de su edad. Pasaba los dedos por la pantalla como quien programa, no como quien juega.

Ignacio sonrió. Aquel pequeño le caía bien. No sabía por qué, pero le caía bien.

Caminó hacia él con pasos lentos, las manos todavía en los bolsillos.

—Enano —dijo, con tono burlón—. ¿Tú por aquí? ¿Y ahora qué? ¿Me quieres imitar también como CEO?

Liam levantó la vista de la tablet. No se sorprendió. No se asustó. Solo levantó una ceja, exactamente igual que había hecho Ignacio en el aeropuerto.

—¿CEO? —respondió, con una chulería que mataba—. ¿Tú dices? No. Lo único que quiero imitar es a mi mamá.

—¿Ah, sí? —dijo Ignacio, agachándose un poco para quedar más cerca de su altura—. ¿Y se puede saber quién es tu mamá?

Liam señaló hacia el fondo del pasillo con un movimiento de cabeza.

En ese momento, Vanessa salía del baño y caminaba hacia ellos, secándose las manos con una toalla de papel. El taconeo de sus zapatos resonaba en el pasillo. Su cabello negro se movía con cada paso.

—Esa —dijo Liam, con una sonrisa de oreja a oreja—. Es ella.

Ignacio sintió que el corazón se le paraba. Dio dos pasos atrás. No podía creerlo.

—¿Ella es tu mamá? —preguntó, con la voz ronca.

—Sí —respondió Liam, con orgullo—. La mejor mamá del mundo. ¿Tienes alguna queja?

—No… no, ninguna.

Vanessa llegó hasta ellos y miró a Ignacio con una expresión neutral. Luego miró a su hijo.

—¿Listo, mi amor?

Liam guardó la tablet en su mochila de dinosaurios, se puso de pie y se ajustó las gafas.

—Lista, mamá.

—Vámonos entonces.

Vanessa le tendió la mano a Ignacio.

—Muchas gracias por todo, señor Montesinos. Ha sido un placer. Javier estará muy contento con el resultado.

Ignacio tomó su mano con movimientos automáticos. 

—Igualmente —atinó a decir—. Que tenga un buen día.

Vanessa soltó su mano, cogió a Liam de la suya y caminaron hacia la puerta.

Ignacio los vio alejarse. La falda de ella moviéndose. La mochila de dinosaurios de él saltando en su espalda. El niño volteó la cabeza, lo miró por encima del hombro y le sacó la lengua.

Ignacio sonrió a pesar de todo.

—Oye, pequeño —dijo, antes de que se fueran—. Ven aquí un segundo.

Liam se detuvo y miró a su madre. Vanessa lo miró a él. Dudó un segundo. Luego suspiró.

—Anda, pero rápido.

Liam soltó la mano de su madre y caminó hacia Ignacio con paso decidido. No caminaba como un niño. Caminaba como alguien que sabía exactamente lo que quería.

Entraron a la oficina. Ignacio abrió un cajón de su escritorio y sacó un caramelo envuelto en papel dorado. Era de esos caramelos caros, de los que venden en las tiendas gourmet.

—Toma —dijo, arrodillándose para quedar a su altura—. Por el incidente del baño.

Liam tomó el caramelo. Lo miró. Lo olió. Y lo guardó en el bolsillo de su pantalón.

—¿Te lo vas a comer? —preguntó Ignacio, sorprendido de que no lo hubiera rechazado.

—Claro que me lo voy a comer —respondió Liam, como si fuera obvio—. Pero no creas que me compras con un dulce.

Ignacio arqueó una ceja.

—No intento comprarte, enano. Solo ser amable.

—Mentira —dijo Liam, cruzando los brazos—. Yo sé que me lo estás dando para enamorar a mi mamá. Pero no quiero un papá como tú.

Ignacio abrió la boca, sorprendido por la honestidad brutal de aquel niño.

—¿Por qué no? —preguntó, sin saber por qué le importaba la respuesta.

—Porque los papás se van —dijo Liam, con una tristeza que no se correspondía con sus cinco años—. El mío se fue antes de que yo naciera. Mi mamá dice que no lo necesita. Y yo tampoco.

Ignacio sintió un puñetazo en el pecho.

—Yo no me iría —dijo, en voz baja.

—Eso dice todo el mundo —respondió Liam, encogiéndose de hombros—. Pero mira. Si tú molestas a mi mamá…

Sacó la tablet de su mochila y la encendió. Con unos cuantos toques en la pantalla, mostró una foto. Era Ignacio. Tomada desde el ángulo del baño del aeropuerto, justo cuando salió.

—Tengo tu rostro registrado en mi programa de reconocimiento facial —dijo Liam, con una calma aterradora—. Si te acercas a ella sin permiso, te hackeo toda la empresa. Los servidores, los correos, los archivos. Todo.

Ignacio se quedó mudo. Miró la tablet. Miró al niño. Miró la tablet otra vez.

—¿Eres un espía? —preguntó en forma burlona.

Liam guardó la tablet en su mochila, se ajustó las gafas y lo miró directamente a los ojos. Sus ojos oscuros, profundos, idénticos a los suyos.

—No soy espía, soy tu peor pesadilla si te metes con mi mamá—dijo, con una sonrisa que era mitad amenaza, mitad juego—. Aléjate de ella.

Y se fue.

Caminó hacia la puerta con paso firme, cogió a su madre de la mano y salieron de la oficina.

Ignacio se quedó solo, arrodillado en medio de su oficina, con la mano extendida donde había estado el caramelo. El niño se lo había llevado. Claro que se lo había llevado.

—Este enano… —murmuró, y luego soltó una carcajada.

Se puso de pie, se acercó al ventanal y miró la ciudad. Abajo, los coches pasaban como hormigas. El sol de Miami brillaba sobre los rascacielos.

—Para ganarme a ella —dijo en voz alta, como si alguien lo escuchara—, primero debo ganarme a ese enano.

Sonrió.

Y empezó a planear.

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