Cuando la mañana llegó, Vanessa sintió el golpe de la luz en su rostro. Primero en los párpados, luego en las sienes, y finalmente en todo el cráneo, como si alguien estuviera martillándole desde adentro. El dolor de cabeza era insistente, pulsátil, un tambor de guerra que le recordaba que la noche anterior había existido, aunque su memoria hubiera decidido hacer la maleta y largarse sin dejar dirección.Vanessa intentó sentarse y el mundo se inclinó cuarenta y cinco grados. Las sábanas de seda color burdeos resbalaron por su torso desnudo, y entonces el frío le mordió los pezones erectos. Bajó la mirada.Estaba desnuda.Completamente desnuda.Las sábanas manchadas. Un moretón pequeño en su cadera izquierda, con forma de dedo. Un escozor íntimo, profundo, que le dolió al cerrar las piernas. Y un vacío negro en su memoria donde deberían estar las horas anteriores.—No —susurró, y su voz sonó ronca, rota, como si hubiera gritado—. No, no, no…El miedo le subió por la espalda como un ejé
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