Mundo ficciónIniciar sesiónEsa mañana. Ignacio llevaba una hora mirando el mismo punto en la pared, con el café frío en la mano y la mente completamente secuestrada por una imagen: la mujer de vestido azul.
Se llevó los dedos al labio inferior. Todavía lo tenía un poco hinchado. Mordido. Aquella muchacha lo había mordido con una ferocidad que no esperaba de alguien que parecía tan frágil. Y esa ferocidad, esa mezcla de miedo y hambre, lo había vuelto loco.
Presionó el botón del intercomunicador.
—Sofía, ven.
Su asistente entró a los pocos segundos.
—La mujer del vientre de alquiler —dijo Ignacio, sin preámbulos—. Quiero que le dupliques el pago.
Sofía parpadeó.
—Señor, la señorita que usted contrató… nunca llegó.
Ignacio se quedó helado.
—¿Cómo que nunca llegó?
—Daniela Ruiz mandó un mensaje anoche. Dijo que había conocido a alguien y que no iba a participar en el proceso.
El mundo de Ignacio dio un vuelco.
—Entonces… ¿con quién estuve anoche?
—No lo sé —respondió Sofía—. Pero voy a averiguarlo.
Revisaron las grabaciones del hotel. Las imágenes eran borrosas, apenas se distinguía la silueta de una mujer con vestido azul entrando a su habitación. No había rostro. Solo la forma de caminar, tambaleante, insegura.
Ignacio golpeó la mesa.
—¡No puede ser! ¡Una mujer no puede desaparecer así como así!
Sofía guardó silencio. Ignacio se quedó mirando la pantalla apagada, y entonces algo comenzó a inquietarlo. Recordó los ojos vidriosos de ella. Su voz pastosa. La forma en que se movía, como si no tuviera control sobre su propio cuerpo.
—Sofía —dijo, con la voz más baja—. Esa mujer… estaba drogada.
La preocupación le cruzó el pecho como un cuchillo.
—Dios mío —murmuró, pasándose las manos por la cara—. ¿Qué hice? ¿Qué he hecho?
No había sido un contrato. No había sido un vientre de alquiler. Había sido una mujer indefensa, y él la había poseído sin saberlo. La culpa le cayó encima como una losa.
—Sofía, búsquela. No importa lo que cueste. Quiero encontrarla.
El suelo de mármol de la entrada de los Mendoza estaba frío. Helado. Y las rodillas de Vanessa llevaban media hora apoyadas en él.
Su padre caminaba delante de ella, de un lado a otro, con las manos en la espalda. La sombra de su traje gris la cubría y la descubría como un látigo.
—¿Sabes lo que has hecho? —dijo, deteniéndose frente a ella—. ¿Sabes la vergüenza que nos has hecho pasar? Los Mendoza son una familia respetable. Y tú… tú te fuiste con un desconocido a un hotel.
—Papá, yo no quería… —intentó decir Vanessa, pero él la cortó con un gesto.
—No me importa lo que quisieras. Laura me contó todo. Que fuiste por tu propia voluntad. Que ella te rogó que no fueras. Y tú la insultaste.
Vanessa levantó la cabeza, los ojos llenos de lágrimas.
—¡Eso es mentira! Laura me dio una copa. Algo me puso. Yo no recuerdo nada, papá. ¡Nada!
—¡Basta! —El grito resonó en el vestíbulo como un disparo.
—Papá, por favor…
—Te vas a ir —dijo él, con una frialdad que nunca antes había usado con ella—. Te vas a ir al extranjero. Vivirás en el apartamento que tenemos en Barcelona. Te daré una manutención mensual para que no te mueras de hambre. Pero no quiero verte. No quiero saber nada de ti.
—¿Barcelona? —Vanessa negó con la cabeza, el pánico trepándole por la garganta—. Por favor, déjame quedarme…
—No —cortó él, implacable—. Tu madrastra llega de viaje esta semana. Ella te ama tanto que esta noticia le va a dar muy duro. Y tú sabes que tiene un problema en el corazón. No quiero que esté aquí cuando se entere de lo que hiciste. No quiero que sufra por tu culpa.
Pasaron dos días y Vanessa llegó a Barcelona con la única maleta que le había permitido llevar su padre. El apartamento era amplio y lujoso, no había vuelto allí desde la muerte de su madre.
Durante el primer mes, Vanessa se levantaba todos los días a las 6:00 a.m. Aprendió a moverse por Barcelona como si hubiera vivido allí siempre: el metro, los mercados, las panaderías que olían a cruasán recién horneado.
Enviaba currículums a todas partes. Cuarenta, sesenta, ochenta. La mayoría no respondían. Algunas decían «lo sentimos, buscamos a alguien con más experiencia». Otras ni siquiera eso.
Pero ella era recién graduada, y su título brillaba. Administración de Empresas, con honores. Sabía tres idiomas. Había hecho prácticas en una multinacional. Algo tenía que salir.
A las tres semanas, llamaron.
—Señorita Mendoza —dijo una voz femenina al otro lado de la línea—. Hemos visto su currículum. ¿Puede venir a una entrevista mañana?
La empresa se llamaba Gaudí Global. Era una firma de consultoría con oficinas en el centro de Barcelona, justo al lado de la Pedrera. El sueldo era bueno. Las condiciones, excelentes. Y a ella, con su título recién estampado, le ofrecieron un puesto de junior analyst.
—¿Cuándo puede empezar? —preguntó el gerente, un hombre calvo de ojos amables llamado Javier.
—Ahora mismo —respondió Vanessa, y no era una exageración.
Firmó el contrato al día siguiente.
Dos meses después, Vanessa ya se había adaptado al trabajo. Era duro pero justo. Llegaba temprano, se quedaba hasta tarde, aprendía los nombres de todos en la oficina. Sus compañeros —Marta, Carlos, la siempre seria Silvia— la acogieron con una calidez que le recordaba lo lejos que estaba de su familia.
Y entonces llegaron las náuseas.
No fueron sutiles. Un martes, al abrir la taza del café recién hecho, un olor que antes le parecía delicioso le revolvió el estómago como un puño. Corrió al baño y vomitó hasta quedar vacía. Los días siguientes se repitió la historia. Una semana después, con los pechos hipersensibles y un cansancio que la aplastaba contra la cama, supo que no era un virus.
Compró la prueba en una farmacia cerca del apartamento. La hizo en el baño de su casa, sentada en el borde de la bañera, mirando cómo las dos rayas rojas aparecían como una sentencia.
Positivo.
Vanessa se quedó mirando el palito de plástico durante un largo rato. Su mente viajó a esa noche. Esa maldita noche que no recordaba. Ese hombre de quien solo tenía una tarjeta negra con un nombre grabado: Ignacio Montesinos.
—No puede ser —susurró.
Pero el palito de plástico no mentía.
Fue al médico al día siguiente. La ecografía mostró un pequeño frijol con un corazón que latía como loco. Ocho semanas, dijo la ginecóloga. Todo bien.
Vanessa salió del consultorio con la ecografía en la mano y el mundo patas arriba.
Voy a ser madre, pensó. De un hombre que ni siquiera recuerdo. De una noche que fue un error. De una trampa que me tendió mi hermana.
Se sentó en un banco de la calle, con el sol de Barcelona dándole en la cara, y se permitió sentir. Miedo. Rabia. Vergüenza. Soledad.
Podía abortar. Era legal. Podía borrar aquella noche de su cuerpo como si nunca hubiera pasado. Nadie en Miami lo sabría. Su padre nunca tendría que enterarse. Laura nunca tendría el gusto de verla sufrir.
Pero algo dentro de ella se negó.
No era su culpa. Esa fue la primera verdad que aceptó. Ella no había pedido esa noche. No había elegido ese hombre. No había elegido quedar embarazada. Pero el bebé que crecía dentro de ella tampoco tenía la culpa. Era una víctima más de la traición de Laura.
Y entonces lo entendió. Ese bebé sería su motor. Su razón para levantarse cada mañana. Su prueba de que podía salir adelante sola, sin su padre, sin Laura, sin nadie. Sería la demostración de que ella era más fuerte que todo el odio que habían arrojado sobre ella.
—Lo voy a tener —dijo en voz alta, con la voz rota pero firme—. Lo voy a tener y le voy a dar una vida mejor que la mía. No va a crecer sintiéndose una carga. Va a crecer sabiendo que su madre luchó por él.
Guardó la ecografía en el bolsillo, se secó las lágrimas y caminó hacia el metro con la cabeza alta. Por primera vez en meses, no sintió miedo. Sintió propósito.
Al día siguiente, entró a la oficina de Javier y le contó la verdad. No toda, solo lo necesario: que estaba embarazada, que el padre no estaba en la imagen, que quería seguir trabajando.
Javier la miró un momento. Luego sonrió.
—¿Y cuándo nace? —preguntó.
—En siete meses.
—Pues tienes menos de siete meses para demostrarme que mereces el ascenso.
Vanessa rió. Por primera vez en mucho tiempo, rió de verdad.







