Mundo ficciónIniciar sesiónIgnacio llevaba una hora mirando el mismo punto en la pared, con el café frío en la mano y la mente completamente secuestrada por una imagen: la mujer de vestido azul.
Se llevó los dedos al labio inferior. Todavía lo tenía un poco hinchado. Mordido. Aquella muchacha lo había mordido con una ferocidad que no esperaba de alguien que parecía tan frágil. Y esa ferocidad, esa mezcla de miedo y hambre, lo había vuelto loco.
Presionó el botón del intercomunicador.
—Sofía, ven.
Su asistente entró a los pocos segundos. Traje gris, libreta en mano, expresión neutra. Sofía era la única persona que lo conocía tal y como es.
—Ignacio —dijo, deteniéndose frente al escritorio—. ¿En qué puedo ayudarle?
Ignacio dejó la taza de café y se puso de pie. Caminó hacia el ventanal, dándole la espalda.
—La mujer del vientre de alquiler. Quiero que le dupliques el pago.
Sofía parpadeó.
—¿Duplicar?
—Sí —dijo Ignacio, girándose hacia ella con los brazos cruzados—. No importa si no queda embarazada. Hizo un buen trabajo. Un trabajo… excepcional. Y quiero volver a contratarla.
El silencio de Sofía duró tres segundos demasiado largos.
—Señor —dijo, con una voz que había perdido toda su neutralidad—. La señorita que usted contrató… nunca llegó.
Ignacio frunció el ceño.
—¿Cómo que nunca llegó?
—Daniela Ruiz. La gestante subrogada. Mandó un mensaje anoche a las ocho. Dijo que había conocido a alguien y que no iba a participar en el proceso.
El mundo de Ignacio dio un vuelco.
Se quedó mirando a Sofía como si le acabara de hablar en otro idioma. Abrió la boca. La cerró. La volvió a abrir.
—Entonces —dijo, muy despacio—. ¿Con quién estuve anoche?
—No lo sé —respondió Sofía—. Pero voy a averiguarlo.
Ignacio comenzó a caminar de un lado a otro, las manos enredándose en su propio cabello. La imagen de la mujer de vestido azul se le aparecía y se le borraba como un espejismo.
—Las cámaras —dijo de repente, deteniéndose—. Las grabaciones del hotel. Quiero ver quién entró en mi habitación.
Sofía asintió y salió de la oficina con pasos rápidos. Veinte minutos después regresó con un ordenador portátil en las manos. La pantalla mostraba el pasillo del sexto piso, con el sello del Hotel Crown en la esquina.
—Mire —dijo Sofía, y apretó play.
La grabación era borrosa, como si las cámaras tuvieran varios años de antigüedad. A las 21:57, una figura femenina apareció tambaleándose por el pasillo. Vestido azul marino. Se detuvo frente a la puerta de su habitación, empujó la puerta y entró.
—Ahí está —dijo Ignacio, señalando la pantalla con el dedo—. Ahí está ella. ¿No pueden ampliar la imagen?
Sofía hizo clic varias veces. La imagen se agrandó, pero se volvió un mosaico de píxeles borrosos. No se distinguía el rostro. Solo la silueta, el vestido, la forma de caminar.
—Ignacio golpeó la mesa con el puño.
—¡No puede ser! —rugió—. ¡Una mujer no puede desaparecer así como así!
—Lo siento Ignacio —dijo Sofía, con voz calmada pero firme—. Vamos a seguir investigando.
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El suelo de mármol de la entrada de los Mendoza estaba frío. Helado. Y las rodillas de Vanessa llevaban media hora apoyadas en él.
Su padre caminaba delante de ella, de un lado a otro, con las manos en la espalda. La sombra de su traje gris la cubría y la descubría como un látigo.
—¿Sabes lo que has hecho? —dijo, deteniéndose frente a ella—. ¿Sabes la vergüenza que nos has hecho pasar? Los Mendoza son una familia respetable. Y tú… tú te fuiste con un desconocido a un hotel.
—Papá, yo no quería… —intentó decir Vanessa, pero él la cortó con un gesto.
—No me importa lo que quisieras. Laura me contó todo. Que fuiste por tu propia voluntad. Que ella te rogó que no fueras. Y tú la insultaste.
Vanessa levantó la cabeza, los ojos llenos de lágrimas.
—¡Eso es mentira! Laura me dio una copa. Algo me puso. Yo no recuerdo nada, papá. ¡Nada!
—¡Basta! —El grito resonó en el vestíbulo como un disparo.
—Papá, por favor…
—Te vas a ir —dijo él, con una frialdad que nunca antes había usado con ella—. Te vas a ir al extranjero. Vivirás en el apartamento que tenemos en Barcelona. Te daré una manutención mensual para que no te mueras de hambre. Pero no quiero verte. No quiero saber nada de ti.
—¿Barcelona? —Vanessa negó con la cabeza, el pánico trepándole por la garganta—. Por favor, déjame quedarme…
—No —cortó él, implacable—. Tu madrastra llega de viaje esta semana. Ella te ama tanto que esta noticia le va a dar muy duro. Y tú sabes que tiene un problema en el corazón. No quiero que esté aquí cuando se entere de lo que hiciste. No quiero que sufra por tu culpa.
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Pasaron dos días y Vanessa llegó a Barcelona con la única maleta que le había permitido llevar su padre. El apartamento era amplio y lujoso, no había vuelto allí desde la muerte de su madre.
Durante el primer mes, Vanessa se levantaba todos los días a las 6:00 a.m. Aprendió a moverse por Barcelona como si hubiera vivido allí siempre: el metro, los mercados, las panaderías que olían a cruasán recién horneado.
Enviaba currículums a todas partes. Cuarenta, sesenta, ochenta. La mayoría no respondían. Algunas decían "lo sentimos, buscamos a alguien con más experiencia". Otras ni siquiera eso.
Pero ella era recién graduada, y su título brillaba. Administración de Empresas, con honores. Sabía tres idiomas. Había hecho prácticas en una multinacional. Algo tenía que salir.
A las tres semanas, llamaron.
—Señorita Mendoza —dijo una voz femenina al otro lado de la línea—. Hemos visto su currículum. ¿Puede venir a una entrevista mañana?
La empresa se llamaba Gaudí Global. Era una firma de consultoría con oficinas en el centro de Barcelona, justo al lado de la Pedrera. El sueldo era bueno. Las condiciones, excelentes. Y a ella, con su título recién estampado, le ofrecieron un puesto de junior analyst.
—¿Cuándo puede empezar? —preguntó el gerente, un hombre calvo de ojos amables llamado Javier.
—Ahora mismo —respondió Vanessa, y no era una exageración.
Firmó el contrato al día siguiente.
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Dos meses después, Vanessa ya se había adaptado al trabajo, era duro pero justo, llegaba temprano, se quedaba hasta tarde, aprendía los nombres de todos en la oficina. Sus compañeros —Marta, Carlos, la siempre seria Silvia— la acogieron con una calidez que le recordaba lo lejos que estaba de su familia.
Y entonces llegaron las náuseas.
No fueron sutiles. Un martes, al abrir la taza del café recién hecho, un olor que antes le parecía delicioso le revolvió el estómago como un puño. Corrió al baño y vomitó hasta quedar vacía.
—¿Estás bien? —preguntó Marta, desde la puerta del cubículo.
—Sí —mintió Vanessa, secándose la boca con papel—. Un virus.
Pero el virus no se iba. Se quedó toda la semana. Y la siguiente. Y una mañana, al despertarse con los pechos hipersensibles y un cansancio que la aplastaba contra la cama, supo que no era un virus.
Compró la prueba en una farmacia cerca del apartamento. La hizo en el baño de su casa, sentada en el borde de la bañera, mirando cómo las dos rayas rojas aparecían como una sentencia.
Positivo.
Vanessa se quedó mirando el palito de plástico durante diez minutos enteros. Su mente viajó a esa noche. Esa maldita noche que no recordaba. Ese hombre de quien solo tenía una tarjeta negra con un nombre grabado: Ignacio Montesinos.
—No puede ser —susurró.
Pero el palito de plástico no mentía.
Fue al médico al día siguiente. La ecografía mostró un pequeño frijol con un corazón que latía como loco. Ocho semanas, dijo la ginecóloga. Todo bien.
Vanessa salió del consultorio con la ecografía en la mano y el mundo patas arriba.
Voy a ser madre, pensó. De un hombre que ni siquiera recuerdo. De una noche que fue un error. De una trampa que me tendió mi hermana. Cerró los ojos y deseo que todo esté sufrimiento pasara rápido.







