JULIA RODRÍGUEZ
Caminé con el rostro agachado y con lágrimas en mis mejillas. Salí de su oficina con la promesa de aceptar el puesto y resolver las cosas. Aceptando la validación que tanto tiempo esperé, ahora que ya no significaba nada, que ya no la quería.
Él estaba seguro de que podía reconquistarme, y tal vez lo hubiera logrado si no fuera por la existencia de Santiago y su amenaza amistosa de acabar con todo lo que amo hasta que me case con él.
Me planté frente a la puerta del departamen