LILIANA CASTILLO
Sentada en el pórtico, sobre una vieja mecedora, terminé de tejer un lindo suetercito, pequeño, color marrón, con una abejita bordada. Lo abracé con ternura antes de levantarme con dificultad.
Con una mano apoyada en la espalda y caminando como pingüino, entré a la cocina y me planté frente al calendario. Mi dedo se movió por los días, hasta el que estaba rodeado con marcador rojo.
Suspiré agotada mientras frotaba mi mano sobre mi abdomen abultado. Habían pasado ya dos años.