SANTIAGO CASTAÑEDA
El silencio dentro del auto estaba cargado de respeto y tristeza. Mi madre descansaba sobre mi regazo, acurrucada en mi pecho, de la misma manera que ella me acunaba esas noches después de una fiesta, cuando era niño y moría de sueño. Me quedaba dormido en sus brazos y cuando despertaba ya estaba en mi cama con mi pijama. La diferencia es que mi madre no despertaría.
El corazón me ardía con cada latido, tomé su mano, cubriéndola con la mía mientras el frío de su cuerpo me ca