JULIA RODRÍGUEZ
Saqué mi teléfono del bolsillo para darme cuenta de que no tenía señal. Fruncí el ceño, desconcertada y en silencio se lo mostré a Matthew. Su rostro se ensombreció y manteniendo el silencio me señaló con la mirada el cuarto de Mateo. Supe muy bien a qué se refería. Cuando pasé por su lado, me detuvo sosteniéndome del brazo.
—¿Dónde guarda sus armas tu esposo? —preguntó torciendo los ojos con fastidio, como si mencionar de alguna manera a Santiago le causara náuseas.
—En la ha