SANTIAGO CASTAÑEDA
Me planté fuera de los altos portones de madera vieja pero gruesa y sólida, que por suerte estaban abiertos. Con algo de duda y las manos en los bolsillos entré al enorme jardín, era un edén. Árboles frondosos y llenos de frutas, arbustos de un verde intenso con flores coloridas y en medio de todo, una pequeña fuente que refrescaba el lugar. Se escuchaba el cantar de las aves y el ruido de los autos se mitigaba por los altos muros que rodeaban el convento.
—Señor Castañeda,