SANTIAGO CASTAÑEDA
—¡Ya basta! ¡¿Qué es lo que quieres?! —exclamó Alex perdiendo la paciencia.
—A decir verdad… —susurré mientras me distraía con las pocas cosas dentro de la pequeña habitación. Era un lugar oscuro, sin muebles, con una cama vieja y dura, y un crucifijo en la pared. ¿Cómo podían vivir en esta clase de sitios?—. Tenía ganas de verte.
Por fin volteé hacia Alex, que era la única luz que iluminaba ese lugar. Sus ojos verdes se clavaron en los míos, arrancándome el aliento. No sab