El vestido que Aleksei eligió para mí era una contradicción hecha a medida.
Era de un pesado satén color rojo sangre. Por delante, tenía un cuello alto y mangas largas que me cubrían hasta las muñecas, dándome el aspecto de una emperatriz intocable. Pero por detrás, la tela desaparecía por completo, dejando mi espalda al descubierto hasta la misma base de mi columna.
Sin embargo, no era el vestido lo que me hacía caminar con pasos rígidos por la alfombra roja del salón de eventos del hotel Ritz