Confesión Descarada

El trayecto desde el baño de mujeres hasta la salida del hotel fue un ejercicio de disociación absoluta.

Caminaba con la espalda recta, del brazo de Aleksei, sonriendo a los magnates y a sus esposas enjoyadas mientras nos despedíamos. Por fuera, seguía siendo la hermosa y envidiada señora Volkova. Pero por dentro, mi sangre era ácido puro. El pequeño trozo de papel doblado me quemaba en el interior del puño cerrado, escondido entre los pliegues de la falda de satén rojo.

El dolor y la humedad que aún palpitaban entre mis muslos, cortesía del juguete que él había controlado frente a todos, ya no se sentían como una humillación erótica. Ahora se sentían como una burla macabra.

Llegamos a la limusina blindada que nos esperaba en la entrada trasera. El chófer abrió la puerta. Entré primero, dejándome caer en el asiento de cuero oscuro. Aleksei entró detrás de mí, llenando el espacio con su tamaño, su olor a sándalo y ese aura de poder intocable.

Las puertas se cerraron con un golpe hermético. El motor rugió, aislándonos del mundo exterior.

Como si fuera una rutina ensayada, el panel de cristal negro subió silenciosamente, separándonos del chófer. Estábamos solos.

Aleksei se aflojó el corbatín negro y desabrochó el primer botón de su camisa de esmoquin. Se giró hacia mí, extendiendo una mano grande hacia mi rodilla.

—Estuviste perfecta, krasotka —murmuró, su voz ronca aún vibrando con la resaca del dominio que había ejercido sobre mí en esa cena—. Tan obediente y mojada frente a todos esos idiotas. Ven aquí.

No me moví.

Levanté el puño, abrí los dedos temblorosos y le arrojé la pequeña bola de papel arrugado directamente al pecho. El trozo blanco rebotó contra la solapa de su esmoquin y cayó sobre el asiento de cuero, entre los dos.

La mano de Aleksei se detuvo en el aire. Sus ojos grises, que hace un segundo brillaban con lujuria oscura, se clavaron en el papel. Luego, subieron lentamente hasta mi rostro pálido y desencajado.

No preguntó qué era. Con una calma exasperante, recogió la bola de papel, la desdobló con sus dedos largos y leyó las dos líneas mecanografiadas.

Yo esperaba negación. Esperaba que frunciera el ceño, que maldijera a sus enemigos, que me dijera que era un truco sucio de sus competidores o de la perra de Irina. Mi pecho subía y bajaba erráticamente, esperando cualquier mentira que me permitiera seguir respirando en esta jaula.

Pero Aleksei no hizo nada de eso.

Dobló el papel de nuevo, lo guardó en el bolsillo de su chaqueta y se recostó contra el respaldo del asiento, mirándome con una frialdad absoluta.

—Dime que es mentira —exigí. Mi voz salió rota, un siseo desesperado—. Dime que mi padre nos arruinó por su cuenta.

Aleksei soltó una carcajada baja, un sonido oscuro y carente de cualquier arrepentimiento.

—Tu padre es un idiota ludópata, Victoria. Iba a arruinarse de todos modos, tal vez en cinco años, tal vez en diez. Yo solo... aceleré el proceso.

El aire desapareció de la cabina. El mundo se detuvo.

—Tú... ¿tú lo orquestaste? —balbuceé, la bilis subiéndome por la garganta—. ¿Tú enviaste a esos inversionistas falsos? ¿Tú compraste sus deudas de juego para acorralarlo?

—Compré su deuda, asfixié sus líneas de crédito y bloqueé cualquier posible rescate financiero —confirmó él, enumerando mis desgracias con el mismo tono que usaría para pedir un café—. Y cuando estaba a punto de tirarse de un puente por la desesperación, le ofrecí la única salida que le salvaría la vida y su estatus de m****a. Tú.

El cinismo aplastante de su confesión me mareó. Sentí que el satén rojo me asfixiaba.

—¿Por qué? —grité, golpeando el asiento de cuero a mi lado—. ¿Por qué hacerme esto? ¡No te conocía! ¡No sabías nada de mí!

De repente, la calma de Aleksei desapareció. En un microsegundo, acortó la distancia entre nosotros, agarrando mis mandíbulas con una sola mano, inmovilizándome contra la ventana tintada de la limusina. Sus dedos apretaron mis mejillas con fuerza, no para lastimarme, sino para obligarme a mirarlo directamente a sus ojos, que ahora eran un abismo de obsesión negra y primitiva.

—Te vi en el evento de caridad del teatro hace ocho meses —gruñó él, su rostro a centímetros del mío, su aliento caliente chocando contra mis labios temblorosos—. Llevabas un vestido azul asquerosamente recatado y sonreías como si fueras intocable. Te quise en el instante en que te vi.

—Estás enfermo...

—Quizás. Pero en mi mundo, cuando quiero algo, no pierdo seis meses enviando putas flores, llevándote a cenar y esperando pacientemente a que decidas abrirme las piernas. —Sus palabras eran crudas, sucias y directas, despojadas de cualquier barniz de civilización—. No quería cortejarte, Victoria. Quería ser tu dueño. Quería atraparte tan profundamente que no tuvieras más opción que arrodillarte ante mí. Construí el puto laberinto para asegurarme de que el único camino de salida pasara por mi cama.

La crudeza de su verdad me destrozó y me encendió la sangre al mismo tiempo. Era un monstruo. Me había arrebatado el libre albedrío, había destruido a mi familia, me había forzado a firmar un contrato que me despojaba de mi dignidad... todo porque se había obsesionado conmigo al verme de lejos.

La adrenalina del odio inundó mi sistema. Odiaba lo que me había hecho. Pero lo que más odiaba en el mundo, lo que me estaba carcomiendo las entrañas en ese preciso instante, era que al escuchar su posesividad enferma, mi centro comenzó a palpitar de pura y traicionera excitación.

Levanté la mano derecha y, con toda la fuerza que fui capaz de reunir, crucé su rostro.

El sonido de la bofetada fue un estallido ensordecedor en el silencio de la limusina. Mi palma ardió por el impacto contra su mandíbula de hierro.

El rostro de Aleksei se giró bruscamente hacia la izquierda por la fuerza del golpe. Se hizo un silencio sepulcral, tan denso que casi me aplastaba. Mi respiración se atascó en mi garganta. Acababa de golpear al jefe de la Bratva, al hombre que podría desaparecer a mi familia entera con una sola llamada. El terror puro me inundó.

Lentamente, Aleksei giró el rostro hacia mí de nuevo.

No estaba furioso. No me miraba con intenciones asesinas.

Levantó el pulgar y se limpió una gota de sangre que había brotado en la comisura de su labio inferior, cortesía del anillo de diamantes que él mismo me había puesto en el dedo. Miró la mancha roja en su dedo por un segundo, y luego, una sonrisa torcida, sádica y completamente hambrienta deformó su boca.

—Ese fue tu primer error, ángel —susurró, su voz bajando a un tono gutural que hizo vibrar el suelo del vehículo.

—Aléjate de mí —logré decir, retrocediendo inútilmente contra la puerta del auto.

—Darme exactamente lo que quería —continuó él, ignorando mis palabras, sus ojos devorándome viva—. Darme una maldita excusa para destrozarte.

No me dio tiempo de gritar. Se abalanzó sobre mí.

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