El trayecto desde el baño de mujeres hasta la salida del hotel fue un ejercicio de disociación absoluta.
Caminaba con la espalda recta, del brazo de Aleksei, sonriendo a los magnates y a sus esposas enjoyadas mientras nos despedíamos. Por fuera, seguía siendo la hermosa y envidiada señora Volkova. Pero por dentro, mi sangre era ácido puro. El pequeño trozo de papel doblado me quemaba en el interior del puño cerrado, escondido entre los pliegues de la falda de satén rojo.
El dolor y la humedad q