Mundo ficciónIniciar sesiónEl cristal del enorme espejo veneciano estaba helado contra mis dedos temblorosos, pero el cuerpo de Aleksei, aplastado contra mi espalda, era un puto horno.
Me obligó a mantener la mirada fija en nuestro reflejo. La imagen me robó el aliento. Ya no quedaba rastro de la impecable señora Volkova que había desfilado por la subasta de arte. Mi vestido de seda negra estaba arrugado, bajado hasta la cintura, dejando mis pechos expuestos, enrojecidos y marcados por sus dedos. Mi cabello era una maraña salvaje. Mis labios estaban hinchados, casi sangrantes por la forma en que me había devorado en la limusina. Y en mi cuello, brillando bajo las tenues luces de la suite, el candado de platino gritaba mi condena.
Pero era la mirada de Aleksei en el espejo lo que me paralizaba. Sus ojos grises estaban inyectados en sangre, rebosantes de una posesión tan oscura que parecía inhumana.
—Abre los ojos, Victoria. No te atrevas a mirar a otro lado —susurró, su aliento caliente chocando contra la curva de mi cuello, justo donde la piel aún latía por sus mordiscos—. Mírate bien. Mira en lo que te he convertido.
Intenté tragar saliva, pero mi garganta estaba seca.
Aleksei deslizó sus manos grandes por mi abdomen desnudo, bajando lentamente hacia el borde del vestido arrugado.
—Eres tan malditamente hermosa cuando estás destrozada por mí —ronroneó, sus dedos colándose bajo la seda y encontrando mi centro. Aún estaba empapada por el orgasmo del coche. Él gimió de aprobación al sentir mi humedad—. Aún estás goteando. Eres insaciable.
—Tú... tú me pones así... —jadeé, intentando cerrar las piernas, pero él encajó su muslo entre los míos, separándolos con fuerza bruta.
—Yo te abro, pero tú eres la que lo ruega. Y esta noche quiero escucharlo de tu propia boca. —Sus dedos comenzaron a masajearme, lentos, crueles, frotando exactamente donde más dolía el placer—. Quiero que mires a esa mujer en el espejo y me digas qué es lo que le estoy haciendo.
Mi orgullo dio un último y patético aleteo de resistencia. Cerré la boca con fuerza, negando con la cabeza. Decir las palabras en voz alta, describir la obscenidad de lo que estábamos haciendo, me parecía cruzar una línea de la que nunca podría volver.
Aleksei detuvo sus dedos de golpe. La privación me hizo soltar un quejido agudo.
Agarró mi cabello por la nuca con su mano libre y tiró de mi cabeza hacia atrás, obligándome a mirarlo a los ojos a través del cristal.
—Dilo —gruñó, su voz rasposa, oscura y cargada de una autoridad letal—. Dime qué estoy tocando. Usa las putas palabras, Victoria.
—Aleksei, por favor... —sollocé, con las mejillas ardiendo de humillación.
Él hundió dos dedos en mi interior de una sola estocada profunda. Grité, arqueando la espalda, mientras él me estiraba sin piedad.
—¡Dilo! —exigió, moviendo sus dedos con furia, golpeándome por dentro mientras me miraba fijamente en el reflejo—. ¡Dime qué te estoy haciendo!
El placer me aplastó. La vergüenza murió calcinada bajo el fuego que él estaba avivando en mis entrañas. Ya no me importaba nada más que la fricción implacable de su mano.
—¡Me estás follando! —grité, las lágrimas de sobreestimulación nublando mi vista en el espejo—. ¡Me estás follando con los dedos!
—Buena chica —siseó, acelerando el ritmo, sacándome gemidos rotos y animales que rebotaban en el mármol de la habitación—. Ahora dime qué eres.
—S-soy tu esposa... —jadeé, temblando incontrolablemente.
Aleksei sacó los dedos y me dio una palmada fuerte y sonora en la nalga desnuda. El ardor me hizo soltar un chillido de sorpresa y placer mezclados.
—Frente a los imbéciles de allá afuera, eres mi esposa —corrigió, frotándose contra mi trasero con su erección dura como el acero—. Aquí adentro... cuando te tengo empinada contra el cristal y rogando por mi verga... ¿qué eres, Victoria?
La obscenidad de la pregunta me taladró el cerebro. Me miré en el espejo. Mis ojos estaban dilatados, perdidos en la lujuria. Ya no era una víctima. Era una cómplice.
—Soy tu puta —susurré, la confesión asquerosamente sucia abandonando mis labios, haciéndome sentir una excitación tan intensa que casi me corro ahí mismo—. Soy tu puta, Aleksei.
Un rugido gutural y primitivo vibró en el pecho de él. Era el sonido de la victoria absoluta.
Se desabrochó el pantalón con movimientos frenéticos. Agarró mis caderas con ambas manos, levantándome un poco del suelo, y se hundió en mí por detrás de una sola embestida que me sacó el aire de los pulmones.
Mi frente chocó contra el espejo frío. Me llenó por completo, reclamando cada centímetro de territorio.
—¡Dímelo! —rugió, embistiendo con una brutalidad que hizo temblar el pesado cristal—. ¡Dímelo mirándote a la cara!
—¡Soy tuya! —grité a pleno pulmón, viendo mi propio rostro contorsionado por el orgasmo que se avecinaba—. ¡Me encanta que me folles! ¡Me encanta que me destroces!
Aleksei perdió por completo el control. La combinación de mis palabras sucias y mi rendición total lo empujó al límite. Me embistió como si quisiera atravesarme, como si quisiera fusionar su cuerpo con el mío y marcarme hasta el alma. Su respiración era pesada, sucia, llenando mi oído con maldiciones en ruso que me encendían la sangre.
El clímax me arrasó con la fuerza de un tsunami. Me contraje violentamente alrededor de él, ordeñándolo mientras gritaba su nombre. Él se aferró a mis caderas, clavando sus dedos en mi piel hasta dejarme moretones, y se corrió con sacudidas abrasadoras que me hicieron temblar de pies a cabeza.
Nos deslizamos lentamente por el espejo hasta caer de rodillas en la gruesa alfombra de la suite. Él me abrazó por la espalda, enterrando el rostro en mi cuello húmedo de sudor, respirando como si hubiera corrido un maratón.
Esa noche, cuando finalmente me arrastró a la cama y nos cubrió con las sábanas de seda gris, me quedé dormida con el sabor a sangre y sal en los labios, sabiendo que la niña que firmó el contrato había muerto para siempre.
A la mañana siguiente, la luz del sol atravesaba los pesados cortinajes del ventanal.
Aleksei ya no estaba en la cama. El lado derecho del colchón estaba frío. Seguramente estaba en su despacho, dirigiendo su imperio oscuro.
Me senté lentamente. Mi cuerpo estaba adolorido, marcado por sus manos y sus dientes. Me toqué el candado de platino en la garganta.
Debería haber sentido miedo. Debería haber sentido asco de mí misma por las palabras que dije frente al espejo. Pero al recordar la forma en que los ojos del hombre más poderoso y temido de la ciudad se habían oscurecido de puro deseo solo por escucharme... algo hizo clic en mi cerebro.
Aleksei era un monstruo, sí. Un depredador absoluto.
Pero anoche, frente a ese cristal, me di cuenta de una verdad aplastante: yo era la única cosa en el mundo capaz de poner a ese monstruo de rodillas.
Me levanté de la cama. Ya no temblaba. Fui al vestidor y no busqué un suéter largo ni pantalones holgados para esconderme. Agarré una bata de seda negra, corta y semitransparente, y la até flojamente alrededor de mi cintura. No me puse nada debajo.
Me miré en el espejo una vez más. La mujer que me devolvió la mirada tenía una sonrisa peligrosa.
Aleksei quería jugar. Pues bien, ahora conocía las reglas.
Salí de la habitación y caminé por el pasillo de mármol hacia su despacho. Iba a interrumpir su mañana de trabajo, y esta vez, la que iba a dar las órdenes iba a ser yo.







