El cristal del enorme espejo veneciano estaba helado contra mis dedos temblorosos, pero el cuerpo de Aleksei, aplastado contra mi espalda, era un puto horno.
Me obligó a mantener la mirada fija en nuestro reflejo. La imagen me robó el aliento. Ya no quedaba rastro de la impecable señora Volkova que había desfilado por la subasta de arte. Mi vestido de seda negra estaba arrugado, bajado hasta la cintura, dejando mis pechos expuestos, enrojecidos y marcados por sus dedos. Mi cabello era una marañ