El pasillo de mármol de la mansión estaba helado bajo mis pies descalzos, pero por dentro, yo era un puto incendio.
Caminé con pasos lentos y deliberados. La bata de seda negra y semitransparente que llevaba puesta era más un adorno obsceno que una prenda de vestir. Flotaba alrededor de mis muslos, dejando a la vista la curva de mis caderas, mis pechos endurecidos por el frío y la oscuridad de mi centro desnudo.
Al llegar a las dobles puertas de roble del despacho de Aleksei, los dos inmensos g