Mundo ficciónIniciar sesiónEl pasillo de mármol de la mansión estaba helado bajo mis pies descalzos, pero por dentro, yo era un puto incendio.
Caminé con pasos lentos y deliberados. La bata de seda negra y semitransparente que llevaba puesta era más un adorno obsceno que una prenda de vestir. Flotaba alrededor de mis muslos, dejando a la vista la curva de mis caderas, mis pechos endurecidos por el frío y la oscuridad de mi centro desnudo.
Al llegar a las dobles puertas de roble del despacho de Aleksei, los dos inmensos guardias de la Bratva que custodiaban la entrada se tensaron. Sus miradas bajaron por instinto hacia mi cuerpo casi desnudo, pero el terror hacia su jefe fue más fuerte. Desviaron los ojos hacia el techo de inmediato, rígidos como estatuas.
Ni siquiera toqué la puerta. Agarré los picaportes dorados y las abrí de par en par.
Aleksei estaba sentado detrás del inmenso escritorio de caoba. Llevaba unos pantalones de traje negros y una camisa blanca con las mangas remangadas hasta los codos. Tenía unas gafas de lectura puestas y revisaba unos documentos legales mientras sostenía una taza de café negro.
Al escuchar el estruendo de las puertas, levantó la vista.
Se quedó completamente paralizado. La taza de café se detuvo a medio camino de sus labios.
A través del cristal de sus gafas, vi cómo sus pupilas se dilataron hasta devorar el gris de sus iris. Su mirada recorrió la seda negra, deteniéndose en mis pezones marcados contra la tela, bajando hasta el triángulo de sombras entre mis piernas, y volviendo a subir hasta el candado de platino que brillaba en mi cuello.
Cerré las puertas a mis espaldas y pasé el pestillo con un clic que resonó en toda la habitación.
—Estoy trabajando, Victoria —dijo él. Su voz pretendía sonar como el CEO autoritario de siempre, pero escuché la ligera ronquera, el leve quiebre en su control.
—Y yo estoy aburrida —respondí, caminando hacia su escritorio, meciendo mis caderas con una lentitud calculada.
Llegué frente a él. Aleksei dejó la taza de café lentamente sobre la mesa. Me quité el cinturón de la bata, dejando que la seda se abriera por completo. La respiración de mi esposo se volvió pesada, un sonido áspero que me llenó de un poder absoluto, venenoso y adictivo.
Apoyé ambas manos sobre la caoba, me incliné hacia adelante y, de un solo movimiento, barrí los expedientes legales, lanzándolos al suelo.
—¿Qué diablos crees que haces? —gruñó él, aunque no hizo el menor intento por detenerme.
—Acatar tus órdenes. —Me subí al escritorio, gateando sobre la madera fría hasta quedar de rodillas justo frente a su pecho—. Me dijiste que me querías así. Expuesta. Mojada. Lista para ti. ¿No es eso lo que le gritabas al espejo anoche?
Aleksei apretó los apoyabrazos de su silla de cuero. La vena de su cuello latía con furia.
—Bájate de mi mesa, antes de que te rompa en dos —advirtió, su voz un gruñido bajo y peligroso.
Pero ya no le tenía miedo. Conocía al monstruo.
—Hazlo —susurré, con una sonrisa descarada.
Me moví hacia adelante y me senté a horcajadas sobre sus muslos. Aleksei soltó un siseo cuando mi centro húmedo y desnudo chocó contra la gruesa tela de su pantalón. Estaba duro como el acero. La evidencia de que su cuerpo ya me pertenecía tanto como el mío a él era innegable.
Agarré sus gafas de lectura y se las quité, tirándolas al escritorio. Sus ojos eran un par de tormentas eléctricas a punto de estallar.
—Mírate —ronroneé, acercando mis labios a su oído—. El gran Pakhan de la Bratva. El hombre más temido de la ciudad. Duro como una roca solo porque entré a su oficina enseñando las tetas.
Un rugido gutural vibró en el pecho de Aleksei. Sus manos volaron a mis caderas, clavando sus dedos grandes en mi piel con una fuerza que prometía moretones.
—Estás jugando con fuego, krasotka.
—Yo soy el maldito fuego —le corregí.
Sin pedir permiso, llevé mis manos a su cinturón. Desabroché la hebilla con movimientos rápidos, bajé la cremallera y lo liberé. Su erección saltó contra mi vientre, gruesa, caliente y palpitante de necesidad. Aleksei cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, soltando un gemido ronco cuando rodeé su grosor con mis dedos.
—¿Te gusta, Aleksei? —susurré, frotándome lentamente contra la punta, bañándolo con mis propios fluidos—. ¿Te gusta que tu perra tome el control?
—¡Fóllame ya, maldita sea! —explotó él, perdiendo el último hilo de su paciencia. Sus manos agarraron mis glúteos, listo para ensartarme.
Pero yo me resistí. Empujé sus hombros hacia atrás, anclándolo contra el respaldo de la silla de cuero.
—Silencio. Yo decido el ritmo hoy —ordené, mirándolo directo a los ojos.
La incredulidad y la lujuria pura luchaban en el rostro de Aleksei, pero, para mi asombro y excitación, se dejó caer hacia atrás, apretando los dientes, cediéndome el puto trono.
Me elevé sobre mis rodillas, alineé mi entrada con él y me dejé caer de un solo golpe, hundiéndolo hasta lo más profundo de mis entrañas.
Un grito desgarrador salió de mi garganta, mezclado con el rugido primitivo de Aleksei. Me llenó por completo. La sensación de tomarlo, de ser yo quien controlara la penetración, me nubló el cerebro de placer.
Comencé a moverme. Subía y bajaba sobre él con una cadencia desesperada, usando sus hombros como ancla. Mi cabello volaba alrededor de mi rostro, mis pechos rebotaban con cada embestida. El sonido húmedo del sexo y el crujido de la silla de cuero eran lo único que importaba.
—Dios... Victoria... —jadeaba él, sus manos apretando mis caderas, guiando mis golpes, ayudándome a estrellarme contra su pelvis con una violencia que me sacaba el aire.
—Dime que te encanto —le exigí, acelerando el ritmo, sintiendo cómo el orgasmo comenzaba a acumularse en la base de mi columna—. ¡Dímelo!
—¡Me tienes jodidamente loco! —rugió, sus ojos fijos en la forma en que yo lo cabalgaba, completamente embriagado por mi descaro—. ¡Eres perfecta, joder! ¡Más rápido!
Lo llevé al límite. Sentí cómo su cuerpo se tensaba bajo el mío, a punto de romperse. El poder me embriagó. Apreté mis músculos internos alrededor de él justo cuando mi propio clímax me arrasó. Grité, arqueando la espalda, mientras una avalancha de placer me hacía convulsionar.
Aleksei no aguantó un segundo más. Se corrió en mi interior con fuertes sacudidas abrasadoras, gruñendo mi nombre como si fuera un rezo pagano.
Me desplomé contra su pecho, empapada en sudor, con la respiración rota y el corazón a punto de salirme por la boca. Había ganado. Lo había doblegado en su propio territorio. Una sonrisa de triunfo se dibujó en mis labios hinchados.
Pero el descanso duró menos de un minuto.
Aleksei abrió los ojos. La bruma de la lujuria seguía ahí, pero el CEO letal y vengativo había regresado de inmediato. Sus grandes manos, que acariciaban mi espalda suavemente, de repente se cerraron alrededor de mi cintura con un agarre de hierro.
—Te divertiste mucho siendo la jefa, ángel —murmuró él, su voz peligrosamente tranquila.
Antes de que pudiera preguntar a qué se refería, Aleksei se puso de pie, obligándome a rodear su cintura con mis piernas para no caer, y manteniéndose enterrado dentro de mí. Solté un gritito de sorpresa ante el cambio de altura.
Caminó a zancadas largas hacia la puerta oculta del despacho, la que daba a sus habitaciones privadas, pateándola para abrirla.
—Ahora es mi turno —sentenció, arrojándome boca arriba sobre la enorme cama. Se quitó la corbata de seda negra del cuello y la enrolló entre sus puños con una sonrisa diabólica—. Y para lo que te voy a hacer por ser tan insolente... vas a necesitar tener las manos amarradas.







