Mundo ficciónIniciar sesiónEl sonido rítmico de las olas rompiendo contra las rocas me despertó.
No había rascacielos. No había el zumbido constante de la ciudad. Abrí los ojos lentamente, parpadeando contra la luz natural que inundaba la habitación. Estaba acostada en una cama inmensa, cubierta solo por sábanas de lino blanco. Las paredes frente a mí no eran de concreto ni de madera oscura; eran paneles de cristal inmaculado que ofrecían una vista panorámica de un océano azul y salvaje.
Estábamos en la isla. El vuelo en helicóptero había sido un borrón de agotamiento, lágrimas secas y el agarre de acero de Aleksei manteniéndome pegada a su pecho en la oscuridad de la cabina.
Me senté en la cama, sintiendo cada músculo de mi cuerpo protestar. Entre mis muslos, un dolor sordo y placentero palpitaba, un recordatorio vívido de la brutalidad con la que nos habíamos destruido en la mansión.
Miré a mi alrededor. La habitación era minimalista, elegante, diseñada para que la atención se centrara únicamente en el mar... o en nosotros.
La puerta de cristal que daba a la inmensa terraza se deslizó.
Aleksei entró. Llevaba un pantalón de lino blanco holgado, bajo en las caderas, y estaba completamente descalzo y sin camisa. La luz del sol acariciaba las cicatrices descoloridas que surcaban su torso esculpido y el tatuaje oscuro que asomaba en su hombro izquierdo. No parecía el temible CEO ni el jefe de la Bratva. Parecía un dios pagano en su propio templo.
Llevaba una bandeja de plata en las manos.
—Despertaste —murmuró, su voz grave resonando suavemente sobre el ruido del mar. Caminó hacia la cama y dejó la bandeja sobre el colchón. Había fruta fresca, pan caliente y café oscuro.
Instintivamente, tiré de la sábana para cubrir mis pechos desnudos. Su mirada bajó a mis manos aferradas a la tela y una media sonrisa, desprovista de su usual sarcasmo, apareció en sus labios.
—En esta casa no hay guardias, Victoria. No hay personal de servicio, no hay cámaras, no hay malditos teléfonos ni señal satelital —dijo, sentándose en el borde de la cama, hundiendo el colchón con su peso—. El mundo no existe aquí. Y por lo tanto... no necesitas esconderte. No necesitas ropa.
Extendió una mano grande y, con una suavidad que me descolocó por completo, apartó mis dedos de la sábana. La tela cayó, dejándome expuesta a la luz del día y a sus ojos grises. Pero esta vez no me miraba como a una presa. Me miraba con una devoción absoluta, casi religiosa.
Tomó un trozo de mango fresco de la bandeja.
—Abre la boca —ordenó en un susurro.
Estaba paralizada. El hombre que ayer había arruinado a mi padre y me había follado con una rabia asesina, ahora me estaba ofreciendo el desayuno con sus propios dedos. Abrí los labios obedientemente. Él deslizó la fruta en mi boca. El sabor dulce estalló en mi lengua, pero lo que me robó el aliento fue que él no retiró la mano de inmediato. Dejó que mi labio inferior rozara la yema de su pulgar.
Tragué con dificultad.
—¿Por qué me trajiste aquí? —pregunté, mi voz sonando vulnerable, rota.
—Porque allá afuera estabas pensando demasiado —respondió él, tomando una fresa y repitiendo el proceso, rozando mis labios, alimentándome como si fuera su tesoro más preciado—. Estabas escuchando a los fantasmas. Las notas, las voces, a tu padre, a la perra de Irina. Te estaba perdiendo, Victoria. Y yo no pierdo lo que es mío.
El contraste era una tortura psicológica perfecta. Su confesión de que me "estaba perdiendo" sonaba casi a miedo. El monstruo tenía miedo de perderme.
Después de que me obligó a comer, se puso de pie, me agarró de las manos y me levantó de la cama. Estaba completamente desnuda. Caminó conmigo hacia el inmenso baño abierto que conectaba con la habitación. Había una bañera de piedra natural hundida en el suelo, ya llena de agua humeante y aceites esenciales.
Aleksei me hizo bajar los escalones de piedra hasta sumergirme en el agua caliente. Solté un suspiro profundo cuando el calor envolvió mis músculos adoloridos. Él se arrodilló en el borde de la bañera, tomó una esponja natural y jabón líquido.
Cerré los ojos cuando sus manos comenzaron a recorrer mi cuerpo bajo el agua. Me lavó los hombros, el cuello, la espalda. Su toque era de una ternura insoportable. Lavó la sangre seca, el sudor y la rabia del día anterior. Sentí lágrimas silenciosas resbalar por mis mejillas y mezclarse con el agua del baño.
Me estaba quebrando. El odio era fácil. El odio era una armadura. Pero esta devoción oscura me estaba desarmando por completo.
—Llora, ángel —murmuró él, usando la esponja para acariciar mis senos con movimientos circulares lentos que me erizaron la piel—. Saca todo ese veneno. Y cuando termines, solo voy a quedar yo.
No pude contenerlo más. Me giré en el agua, me abalancé sobre el borde de la bañera y enterré mi rostro mojado en su pecho desnudo, sollozando. Él me rodeó con sus brazos anchos, aplastándome contra él, ignorando que el agua empapaba sus pantalones de lino. Enterró el rostro en mi cabello húmedo, respirando mi aroma.
Estuvimos así durante una hora. Cuando mis lágrimas se secaron, solo quedó un vacío ardiente que solo él podía llenar.
Me levantó de la bañera. No me secó. Me llevó en brazos, goteando, de regreso a la inmensa cama blanca. Se desabrochó el pantalón mojado con un solo movimiento y lo pateó a un lado.
Se acostó sobre mí. Esta vez no hubo violencia. No hubo velocidad.
Entró en mí con una lentitud agónica, centímetro a centímetro, mirándome a los ojos todo el tiempo. Un gemido profundo y tembloroso salió de mi garganta cuando me llenó por completo. Mis piernas se enredaron en su cintura, anclándolo a mí.
—Mírame —susurró, rozando su nariz con la mía, moviendo sus caderas en un compás lento, profundo y devastador—. Dime lo que sientes aquí, en este maldito vacío donde no hay nadie más.
Mis manos subieron por su espalda, acariciando las cicatrices que ya no me daban miedo. La fricción constante en mi centro me estaba volviendo loca. Era un placer puro, despojado de resentimiento. Era hacer el amor en el rincón más oscuro del infierno.
—No quiero odiarte... —jadeé, cerrando los ojos al sentir que él golpeaba exactamente el punto que me hacía temblar.
—Abre los ojos, Victoria. —Su voz era un mandato absoluto—. No apartes la mirada. Dímelo.
El placer subió por mi columna como lava hirviente. Ya no podía luchar. La jaula se había cerrado, y para mi propio horror, descubrí que amaba los barrotes.
—Estoy enferma —sollocé, mis uñas clavándose suavemente en sus hombros mientras la marea del orgasmo comenzaba a arrastrarme—. Estoy tan enferma por ti. Eres un monstruo... me destruiste... y me encanta. Me encanta que seas mío.
Los ojos de hielo de Aleksei brillaron con un fuego cegador. La confesión fue el detonante que necesitaba. Aceleró el ritmo, embistiendo con una profundidad que me sacó el aire de los pulmones, pero nunca dejó de sostener mi mirada. Me adoró con su cuerpo, llevándome a un clímax tan prolongado y emocional que sentí que mi alma se fundía con la suya.
Se corrió dentro de mí con un gemido ronco, su frente apoyada contra la mía, nuestras respiraciones rotas mezclándose en el silencio de la isla.
Me abrazó, su peso aplastándome de la forma más reconfortante posible.
—Nunca vas a salir de esta jaula, Victoria —susurró contra mis labios, besándome con una posesividad que me erizó la piel—. Y yo me aseguraré de que nunca quieras hacerlo.







