El sonido rítmico de las olas rompiendo contra las rocas me despertó.
No había rascacielos. No había el zumbido constante de la ciudad. Abrí los ojos lentamente, parpadeando contra la luz natural que inundaba la habitación. Estaba acostada en una cama inmensa, cubierta solo por sábanas de lino blanco. Las paredes frente a mí no eran de concreto ni de madera oscura; eran paneles de cristal inmaculado que ofrecían una vista panorámica de un océano azul y salvaje.
Estábamos en la isla. El vuelo en