Mundo ficciónIniciar sesiónEl peso de Aleksei me aplastó contra el asiento de cuero antes de que pudiera parpadear.
Mis manos, aún ardiendo por la bofetada que le acababa de dar, volaron hacia su pecho para intentar alejarlo, pero él atrapó mis muñecas con una sola mano y las inmovilizó por encima de mi cabeza. Con la otra mano, agarró el escote de mi vestido de satén rojo.
No intentó desabrocharlo. No buscó el cierre. Cerró el puño alrededor de la pesada tela y tiró con una fuerza bruta y animal.
El sonido de la seda costosa rasgándose por la mitad llenó la cabina de la limusina. La tela cedió hasta mi ombligo, dejando mis pechos completamente expuestos al aire frío y a sus ojos grises, que ahora parecían dos agujeros negros de pura locura.
—¡Suéltame, bastardo! —grité, forcejeando bajo su agarre, mis piernas pateando el espacio reducido—. ¡Destruiste mi vida! ¡Me engañaste!
—¡Te compré! —rugió él de vuelta, su rostro a milímetros del mío, manchando mi mejilla con la gota de sangre que bajaba de su labio roto—. ¡Jugué el maldito juego mejor que todos los imbéciles de tu mundo! Te quería en mi cama y aquí estás, abriéndome las piernas en el asiento trasero de mi puto coche.
—¡Te odio! —sollocé, con lágrimas de rabia pura quemándome los ojos. Logré liberar una de mis rodillas y la empujé hacia arriba, buscando golpearlo, buscando hacerle daño.
Pero Aleksei era un depredador entrenado. Atrapó mi rodilla con su cuerpo, encajando sus caderas entre mis muslos con un golpe seco que me sacó el aire de los pulmones. La fricción de su erección, dura como una roca bajo el pantalón de esmoquin, presionó exactamente contra mi centro, que seguía latiendo y empapado por el clímax de la cena.
—Dímelo de nuevo —siseó, bajando el rostro hasta mi cuello, mordiendo la piel sensible justo debajo de mi mandíbula—. Dime cuánto me odias, Victoria. Dímelo mientras te frotas contra mi verga.
La limusina frenó de golpe. Habíamos llegado a la mansión.
Aleksei no esperó a que el chófer abriera la puerta. La pateó él mismo desde adentro. Me agarró por la cintura y, antes de que pudiera gritar, me levantó en vilo, echándome sobre su hombro derecho como si fuera un trofeo de caza.
—¡Bájame! —chillé, golpeando su espalda ancha con los puños cerrados mientras él caminaba a zancadas furiosas hacia la entrada de la casa—. ¡Eres un monstruo!
Los guardias de la entrada bajaron la mirada hacia el suelo, aterrorizados, mientras su jefe cruzaba las puertas dobles con su esposa pataleando y gritando maldiciones, con el vestido rojo hecho jirones colgando de su cuerpo.
Subió las escaleras flotantes de dos en dos. Atravesó el pasillo hasta la suite principal y pateó la pesada puerta de roble para abrirla, y luego la volvió a patear para cerrarla con un estruendo que hizo temblar las paredes.
Me arrojó sobre la inmensa cama gris.
Reboté contra el colchón y rápidamente me arrastré hacia atrás, intentando alejarme, pero Aleksei ya estaba sobre mí. Se arrancó la chaqueta del esmoquin y la tiró al suelo. Se desabrochó el cinturón con movimientos rápidos y asesinos.
Me agarró por los tobillos y tiró de mí hacia el borde de la cama, dejándome colgar la mitad del cuerpo. Con un tirón despiadado, terminó de arrancar la falda roja de mis caderas.
—¿Creías que la verdad iba a alejarme? —gruñó, liberando su dureza y agarrando mis muslos para abrirlos de par en par—. ¿Creías que tu odio iba a apagarme?
Se hundió en mí de una sola y brutal estocada, sin preparación, sin piedad.
El grito que salió de mi garganta fue mitad dolor y mitad un placer tan crudo que me destrozó el alma. Me llenó por completo. Arqueé la espalda, y en lugar de empujarlo lejos, mis manos volaron a su cabello oscuro, jalándolo con fuerza, atrayéndolo hacia mí para morderle el hombro. Saboreé su piel, clavando mis dientes hasta que sentí el sabor a sal y a sangre.
Aleksei gruñó guturalmente, encantado con el dolor.
—Así, krasotka. Pelea conmigo. Arráñame. Odia lo mucho que te gusta que este monstruo te folle —susurró, su voz ronca y sucia en mi oído, embistiendo con una fuerza que hacía chocar nuestros huesos—. Eres mi perra. Mía. Yo te arruiné y yo te voy a reconstruir.
—¡Joder, Aleksei! —grité, mis uñas clavándose en su espalda, dejando surcos rojos en su piel.
El ritmo era salvaje, errático, primitivo. No estábamos haciendo el amor. Nos estábamos destruyendo. Cada embestida era un reclamo, cada mordisco era una respuesta. El mundo exterior, las mentiras, la quiebra de mi padre... todo desapareció consumido por el fuego devorador que él encendía en mis entrañas.
Me estaba follando el orgullo para sacármelo del sistema.
El orgasmo me golpeó como una explosión nuclear. Mi cuerpo se convulsionó violentamente, exprimiéndolo con tanta fuerza que mis piernas temblaron sin control alrededor de su cintura. Lloré de rabia, de sobreestimulación, de humillación al darme cuenta de que mi cuerpo pertenecía a este demonio.
Aleksei soltó un rugido sordo. Me agarró por el cuello, inmovilizándome contra el colchón, y se corrió dentro de mí con contracciones tan fuertes que me dejaron temblando de pies a cabeza.
Se dejó caer sobre mí, su pecho inmenso subiendo y bajando pesadamente, aplastándome contra las sábanas empapadas de sudor. El silencio que siguió solo fue roto por nuestras respiraciones irregulares.
Estábamos destrozados.
Lentamente, Aleksei levantó la cabeza. Sus ojos grises, aún oscuros por el clímax, recorrieron mi rostro bañado en lágrimas, mis labios hinchados, los chupetones que adornaban mi cuello y pecho. Luego, su mirada se desvió hacia los pedazos del vestido rojo que yacían destrozados en el suelo.
La furia ciega había abandonado su rostro, pero fue reemplazada por algo mucho más aterrador: una claridad posesiva y absoluta. Había entendido que el mundo exterior —las notas anónimas, Irina, la alta sociedad— estaba envenenando lo que era suyo. Y Aleksei Volkov no compartía, ni siquiera el espacio mental de su presa.
Se separó de mí, se puso de pie y caminó desnudo hacia el teléfono encriptado que estaba sobre la mesa de noche.
Presionó un botón. Ni siquiera esperó a que le contestaran formalmente.
—Dmitri —ordenó su voz de hielo cortando la penumbra—. Prepara el helicóptero. Ahora. Cancelen todas mis malditas reuniones, bloqueen las comunicaciones del corporativo y no me pasen ni una sola llamada a menos que la ciudad esté en llamas.
Hizo una pausa, mirando directamente a mis ojos cansados desde el otro lado de la habitación.
—Nos vamos a la isla.







