Mundo ficciónIniciar sesiónEl paraíso tenía sus propias reglas, y yo apenas estaba aprendiendo a jugarlas.
Pasamos dos días enteros encerrados en esa villa de cristal. Dos días en los que Aleksei me despojó de cualquier inhibición que me quedara. Comíamos en la cama, nos bañábamos juntos y hacíamos el amor hasta que mi cuerpo temblaba de agotamiento. No había pudor. No había secretos.
Pero al amanecer del tercer día, el ambiente cambió.
Me desperté sola en la inmensa cama. El sonido del mar seguía ahí, pero el peso reconfortante de Aleksei había desaparecido. Me levanté, envolviéndome perezosamente en una de las sábanas de lino, y salí a la terraza.
Él estaba allí. Llevaba puesto un pantalón negro de tela ligera, descalzo, mirando hacia la densa franja de vegetación tropical que separaba la villa de la playa privada. Había una energía eléctrica a su alrededor, una tensión en sus hombros que no había visto desde que llegamos.
—¿Qué pasa? —pregunté, acercándome y abrazándolo por la espalda. Apoyé mi mejilla entre sus omóplatos, sintiendo el calor de su piel.
Aleksei se giró, atrapando mis brazos y acorralándome suavemente contra la baranda de cristal de la terraza. Sus ojos grises estaban oscuros, dilatados. Ya no era el amante tierno de la bañera. El depredador había vuelto.
—Te has vuelto demasiado dócil, ángel —murmuró, deslizando un dedo por mi garganta—. Me encanta que te rindas en mi cama, pero extraño el fuego. Extraño a la chica que me abofeteó en la limusina.
Mi respiración se aceleró. La sola mención de esa rabia hizo que una chispa se encendiera en mi bajo vientre.
—Pensé que querías que fuera tuya —lo desafié, alzando la barbilla.
—Lo eres —aseguró, inclinándose hasta que sus labios rozaron mi oído—. Pero los lobos no disfrutan de la carne si la presa no corre un poco.
Me soltó de repente y retrocedió un paso. Me miró de arriba abajo, evaluando la frágil sábana que me cubría.
—Te doy cinco minutos —dijo, su voz ronca y cargada de una promesa que me hizo temblar.
—¿Para qué?
—Para correr. —Aleksei señaló con la cabeza hacia el bosque tropical y la playa abierta—. Escóndete. Huye. Haz que me cueste encontrarte. Porque cuando te atrape, Victoria, te voy a follar tan duro contra la arena que vas a olvidar tu propio nombre.
El morbo de la propuesta me golpeó con la fuerza de un tren. Mi mente me decía que era una locura, un juego retorcido, pero mi cuerpo... mi cuerpo reaccionó con una oleada de adrenalina pura. Dejé caer la sábana al suelo. Estaba completamente desnuda bajo el sol de la mañana.
Me giré y eché a correr.
Escuché su risa grave y oscura a mis espaldas, pero no miré atrás. Mis pies descalzos golpearon la madera de la terraza y luego la arena fría de la mañana. El viento me golpeaba la cara mientras me adentraba en la maleza tropical, esquivando hojas anchas y troncos. Mi corazón latía desbocado en mis oídos.
Era estimulante. Era salvaje.
Me escondí detrás de una enorme formación rocosa donde la jungla se encontraba con el mar. Mi pecho subía y bajaba con fuerza. Escuchaba el sonido de las olas, intentando camuflar mi respiración. Pasaron los minutos. El silencio se volvió asfixiante. ¿Me había perdido el rastro?
Un crujido a mi izquierda me heló la sangre.
Antes de que pudiera reaccionar, un brazo fuerte como el acero rodeó mi cintura desde atrás, levantándome del suelo. Un grito ahogado escapó de mis labios.
—Te tengo —rugió Aleksei en mi oído.
Me giró bruscamente y me empujó contra la superficie fría y áspera de la roca. Su cuerpo duro y caliente me aplastó, inmovilizándome. No me dio tiempo a procesarlo. Atrapó mis muñecas con una sola mano y las fijó sobre mi cabeza, mientras su otra mano bajaba por mi estómago hasta encontrar mi centro. Estaba empapada, traicionada por la adrenalina del juego.
—Mírate —gruñó, besando mi cuello con hambre, mordiendo la piel sensible cerca de mi clavícula hasta que solté un gemido—. Corriendo desnuda por la isla como una salvaje, solo esperando a que tu dueño te alcance.
—Fóllame... —supliqué, cerrando los ojos, incapaz de soportar la fricción de sus dedos—. Por favor, Aleksei.
—Dilo bien —exigió, deteniendo el movimiento justo cuando estaba a punto de enloquecer. La frustración me hizo arquear la espalda contra la roca.
—Fóllame, soy tuya. Haz lo que quieras conmigo.
Fue todo lo que necesitó escuchar. Se bajó la cremallera del pantalón con un movimiento brusco, me levantó una pierna envolviéndola en su cadera y entró en mí de una sola estocada profunda e implacable.
Grité su nombre, perdiendo el control por completo. No hubo ternura, no hubo pausas. Fue un choque de cuerpos primal, sucio y perfecto. El sonido de nuestras respiraciones agitadas y el choque de su piel contra la mía competía con el rugido del océano. Aleksei me embestía con una fuerza posesiva, reclamando cada centímetro de mí al aire libre, bajo el sol de la isla.
Cuando el orgasmo me golpeó, fue tan violento que vi estrellas. Me aferré a sus hombros, clavando mis uñas en su piel mientras él gruñía, vaciándose dentro de mí con una intensidad que casi me parte en dos.
Nos quedamos allí, recostados contra la roca, resbalando lentamente hasta caer sentados en la arena. Estaba jadeando, con la cabeza apoyada en su pecho, escuchando su corazón latir tan rápido como el mío. Él me rodeaba con sus brazos, trazando círculos distraídos en mi espalda desnuda.
Era el paraíso perfecto.
Y entonces, el sonido más antinatural del mundo rompió el silencio.
Ring. Ring. Ring. Me quedé congelada. Aleksei también se tensó de inmediato. El sonido provenía del bolsillo del pantalón de tela que él aún llevaba puesto.
Me separé un poco para mirarlo a los ojos. Mi respiración aún era entrecortada.
—Dijiste que aquí no había teléfonos —susurré, sintiendo que una gota de agua helada me caía en el estómago—. Dijiste que no había señal.
El rostro de Aleksei se transformó. El amante salvaje desapareció, y la máscara de hielo del Pakhan de la Bratva volvió a caer sobre sus facciones. Metió la mano en su bolsillo y sacó un teléfono satelital negro, pequeño y grueso.
Miró la pantalla. La mandíbula se le tensó con tanta fuerza que vi saltar el músculo de su mejilla.
Atendió la llamada sin apartar la mirada de mí.
—Habla —ordenó en ruso, con una frialdad que me hizo temblar.
Escuchó durante unos cinco segundos. No dijo una sola palabra más. Cortó la llamada y guardó el teléfono.
Se puso de pie, su sombra cubriéndome por completo mientras yo seguía desnuda en la arena.
—Levántate y vístete —dictaminó, su voz desprovista de cualquier emoción—. Nos vamos en veinte minutos.







