El paraíso tenía sus propias reglas, y yo apenas estaba aprendiendo a jugarlas.
Pasamos dos días enteros encerrados en esa villa de cristal. Dos días en los que Aleksei me despojó de cualquier inhibición que me quedara. Comíamos en la cama, nos bañábamos juntos y hacíamos el amor hasta que mi cuerpo temblaba de agotamiento. No había pudor. No había secretos.
Pero al amanecer del tercer día, el ambiente cambió.
Me desperté sola en la inmensa cama. El sonido del mar seguía ahí, pero el peso recon