Mundo ficciónIniciar sesión¿Qué haces cuando tu vida es complicada y aún así, el amor toca a tu puerta? Por más que intentes repetir: no me puedo enamorar… tu corazón ya trazó unos planes de los que será difícil escapar. Leah siempre ha sido la fuerte de la familia: la que resuelve, la que cuida, la que nunca se permite caer, fiel a la promesa que le hizo a sus padres. Enamorarse es un riesgo que no piensa correr, no cuando sus hermanas y el negocio familiar dependen de ella. Pero su mundo cambia cuando un paramédico aparece en el momento menos esperado. Con su ternura, su humor y esa manera de ver más allá de sus defensas, él le muestra que amar no significa perderse, sino encontrar un lugar donde descansar… y a alguien con quien compartir el peso. Por primera vez, Leah empieza a preguntarse si también merece ser cuidada… y si está lista para abrir la puerta que ha mantenido cerrada durante años.
Leer másHola, mis chicas bellas. Ya estamos de vuelta. Sé que ha pasado un tiempito, pero estuve atendiendo algunos asuntos personales. Hoy les traigo por fin el primer capítulo. Ya saben: es una historia sencilla, sin pretensiones de perfección, pero hecha con todo mi cariño. Ojalá la disfruten tanto como yo al escribirla.
Gracias por su paciencia, por cada mensaje de apoyo y por seguir aquí conmigo.
Agarren sus maletas, que nos vamos directo a Nashville, Tennessee a conocer esta nueva parejita.
*¡No me puedo… enamorar! Es una obra escrita por Dannya Menchaca (DannyaRent) registrada en Safecreative bajo el código 2602264697286. Se prohibe su distribución parcial o completa, ya que estaría infringiendo con los derechos de autor*
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—¡Leah! —me grita Danae bajando las escaleras con urgencia.
Al escucharla me apresuro a colocar los arreglos de flores que faltan en las mesas.
—Leah, en media hora nos tenemos que ir a la iglesia y tú aún no estás lista —me recrimina, señalando mi pijama con el ceño fruncido.
Danae es mi hermana menor. Tiene quince años, pero a veces parece una mujer de cuarenta atrapada en un cuerpo adolescente. Su madurez no vino sola: las enfermedades que ha enfrentado la hicieron crecer antes de tiempo.
Volteo a verla y ya está lista, lleva un vestido color lila, que se ajusta en el busto con delicadeza y cae suelto desde la cintura, se ve radiante.
—¡Leah! —vuelve a gritar Danae, sacandome de mis pensamientos.
—Ya voy, estaba terminando de poner las flores —me justifico.
—Ve a cambiarte, Hayleen estará furiosa si nos retrasamos más —ordena con suavidad—, yo terminaré con las flores.
Hayleen es mi hermana mayor, la que se casa hoy, y es todo lo contrario a Danae. Ella parece la menor de las tres: enamoradiza, impulsiva, todavía convencida de que los príncipes azules existen. Soñaba tanto con casarse de blanco que, en cuanto su novio se lo propuso, ya estaba eligiendo flores, vestido y menú.
—Está bien, ya voy —me acerco y la abrazo—. Te ves hermosa, pequeña.
—Ve a cambiarte —insiste, impaciente.
—No tardaré.
—Eso espero, solo tienes unos cuantos minutos para estar lista —presiona.
Subo con prisa las escaleras al que fue mi apartamento hasta hace algún tiempo, aunque algunas veces sigo quedándome aquí; es mi refugio cuando siento que el mundo pesa demasiado.
Hace seis años empecé a trabajar como asistente de maestra en una escuela cercana, faltaban solo unos meses para que me graduara cuando sucedió lo de mis padres… y todo cambió.
Siempre he sido muy independiente, así que mis padres me acondicionaron el pequeño apartamento del segundo piso de la librería cuando empecé a estudiar. Era perfecto: lo suficientemente lejos para sentirme adulta, lo suficientemente cerca para saber que, si algo pasaba, ellos estaban en casa a unos minutos. Ese equilibrio me ayudó a madurar más rápido de lo que imaginé.
Entro al baño y me doy una ducha rápida. No tengo tiempo para detalles; la ceremonia está a punto de comenzar. Me pongo un poco de crema en el cabello para que mis rizos tomen forma y me maquillo de la manera más sencilla posible. Nunca he sido buena para esto. Danae me ha enseñado mil tutoriales, pero me pierdo en cuanto empiezan con la tercera capa de crema previa a la base. Y ni hablar de las pestañas postizas: apenas me da un poco de aire y salen volando como si tuvieran vida propia.
Mi vestido está sobre la cama. También es color lila, el tono que Hayleen eligió para su boda. Está tan emocionada que lo único que deseo es que todo salga perfecto y que, por fin, encuentre la felicidad que tanto anhela.
Ella se quedó en casa preparándose, rodeada de la familia de Eric, el flamante novio. Por eso Danae y yo nos quedamos aquí, en mi antiguo apartamento. Quise darles espacio, para que Hayleen pudiera atenderlos. Además, necesitaba dejar todo listo para la recepción en la cafetería. Después de que mis padres fallecieron, invertí la herencia que me dejaron en comprar el local de al lado y lo convertí en la que ahora es la cafetería. Me parecía la forma más natural de honrar lo que ellos construyeron: un lugar donde los libros y las personas siempre encontraban refugio.
La idea resultó mejor de lo que imaginé. Ahora la gente puede leer mientras toma café, y, para ser sincera, la cafetería deja más ganancias que la librería misma. A veces pienso que mis padres habrían sonreído al ver cómo todo terminó encajando.
Me pongo el vestido. La tela es suave, resbala por mi piel y se ajusta lo suficiente para darme una silueta bonita. Supongo que trabajar tanto todos los días me ha mantenido en forma. Nunca he sido de obsesionarme con eso, pero últimamente estoy más delgada de lo normal, y lo noto cuando me miro al espejo. Hay algo en mi reflejo que me recuerda que he estado cargando más de lo que digo.
—Leah, ya termine de poner las últimas flores —anuncia Danae entrando a la habitación.
—Gracias por la ayuda —respondo, mientras intento acomodar mi cabello frente al espejo.
—¡Te ves hermosa, Leah! —exclama con entusiasmo.
—Gracias, pequeña.
Se acerca a mí y pone un precioso broche con flores a un lado de mi cabello, dándole un toque elegante.
—¿Qué te parece? —me pregunta, orgullosa de su elección.
—Me gusta, gracias —contesto mirándome al espejo.
—Hayleen me envió un mensaje, dice que ya va para la iglesia —me informa.
—Bueno… entonces creo que es hora de irnos —suspiro, sintiendo como el peso del día se acomoda sobre mis hombros.
—Leah.
—¿Sí?
—No estás de acuerdo con esta boda ¿verdad? —me interroga con una preocupación que no intenta disimular.
—No es eso —respiro hondo—. Pero desde que mis padres murieron Hayleen se ha enamorado tantas veces, que ni siquiera podría contar con los dedos, y eso realmente me preocupa, hace muy poco que conoció a Eric y estaba ansiosa por casarse… incluso antes de que él se lo pidiera.
—Es verdad, además es mucho menor que ella.
—Para mí eso no importa —niego con la cabeza—. Hay hombres jóvenes muy maduros, y hombres mayores que parecen adolescentes eternos. Pero… no siento que Eric sea el hombre que Hayleen necesita, para mí una pareja debe ser un apoyo, no otra carga que sumar a la vida.
—Yo creo que estás exagerando, estás tomando muy en serio el papel de mamá.
—Tal vez tengas razón y solo estoy siendo demasiado sobreprotectora —admito, cruzando los dedos mentalmente para estar equivocada.
—Exacto —me señala—. Ahora vamos a la boda y disfrutemos de la fiesta, hace años que no teníamos una celebración —me recuerda Danae con un tono de entusiasmo, lo que realmente me alegra mucho, ya que ha pasado por una depresión severa y las recaídas son realmente malas, cada día que la veo sonreír es un buen día para mí.
—Tienes razón pequeña, vámonos.
Salimos de la cafetería. El clima es perfecto: ni frío ni calor. Una de las cosas que más amo de vivir en Nashville es precisamente eso, la suavidad del aire, incluso cuando llueve.
Nos subimos a mi coche para ir a la iglesia, mientras voy conduciendo no dejo de pensar en Hayleen. Me siento feliz por ella, pero no puedo dejar de preocuparme por su futuro, el amor a veces nos impide ver la realidad de las cosas y me temo que eso pueda pasar con ese chico, que por alguna razón no me inspira nada de confianza. Desde que él apareció, Hayleen prácticamente nos dejó la cafetería encima, cuando siempre había sido quien apoyaba a Natty… o al menos quien le aligeraba un poco la carga.
Al llegar, Danae y yo nos quedamos paralizadas, hay demasiados invitados. ¿De dónde ha salido tanta gente? ¡Eso se puede convertir en un desastre!
Hayleen y yo, acordamos que serían cincuenta invitados y aquí seguramente hay más de cien.
—Leah, ¿no sé supone que sería algo sencillo y solo vendría la familia de Eric? —me pregunta Danae, visiblemente inquieta.
—Eso pensaba —respondo, igual de confundida.
—¡No tenemos comida y bebida para todas estas personas! —exclama angustiada.
—No te preocupes por eso —intento tranquilizarla, ya que si se pone nerviosa puede tener una crisis de asma y no quiero que eso suceda, sobre todo ahora que ha estado tan bien.
Aunque a mí me empiezan a sudar las manos por los nervios. Hayleen y Eric, quedaron en que la boda la pagaría ella y la luna de miel la pagaría él, parece que ellos llegaron a ese acuerdo. Realmente hemos gastado mucho dinero con todos los preparativos, y aunque en algún momento quise decirle algo a Hayleen, me imaginé a mis padres entusiasmados por la boda de su hija mayor y decidí no decir nada.
Por esa razón estoy usando algunos ahorros que teníamos con tal de ver feliz a Hayleen, pero sí le dije que no quería demasiados invitados y ahora viendo esto, no tengo idea de que voy a hacer.
Saco mi teléfono antes de entrar a la iglesia y le marco a Natty: ella es la persona que me ayuda en la cafetería, ha sido un gran apoyo para nosotras desde que hicimos la inauguración, llegó a nuestras vidas como una bendición.
—Hola, Leah.
—Hola, Natty, ¿puedes hacerme un favor?
—Claro hija, ¿qué pasa?
—Llama al servicio de comida y pide que nos lleven el doble de lo que pedimos.
Siento el estómago un poco revuelto de los nervios, no esperaba tener que improvisar y mucho menos gastar más.
—Pero hija, nos cobrarán mucho más por pedirlo sin avisar con anterioridad.
—Natty, la iglesia está llena, hay demasiados invitados.
—¿No le dijiste a Hayleen que tenía que ser algo sencillo?
—Parece que no conoces a Hayleen, siempre se sale con la suya —comento con tristeza.
—Lo sé, pero el novio debería ayudar con los gastos, no dejarte toda la responsabilidad a ti —replica molesta.
—Natty.
—Lo sé hija, como siempre tú solucionando los problemas de todo el mundo, espero que el día que tú te cases tu hermana también haga algo por ti.
—No pienso casarme nunca, así que no nos daremos cuenta de eso —aclaro sintiendo una opresión en el pecho, ya que esa posibilidad me parece imposible.
—No digas eso Leah, eres muy joven.
—Si, pero tengo demasiadas cosas mucho más importantes en qué pensar —aseguro.
Miro a Danae sonreír y me siento más segura de lo que estoy diciendo.
—¿Y qué harás cuando se case Danae? ¿Vas a ser la tía que tiene muchos gatos? —cuestiona alzando la voz, lo que me hace sonreír.
—¿Podremos decir la tía de los perros? No soy buena con los gatos, me provocan estornudos.
—No tienes remedio Leah —responde resignada—. Ahora arreglo lo de la comida y te veo en unos minutos en la iglesia.
—Gracias, Natty.
Danae y yo entramos a la iglesia, ahí está Eric, de pie, acompañado de su madre, siento un nudo en la garganta al pensar en que Hayleen entrará sola a la iglesia, en momentos como esté extraño mucho a mis padres. Eran tan atentos y cariñosos que siento que me dejaron una gran responsabilidad y un vacío enorme que nunca voy a llenar, así haga lo imposible, solo espero estar haciendo un buen trabajo, tal como se los prometí.
—Jamás voy a olvidar aquel día. Rubén y yo llevábamos horas trabajando y el cansancio ya nos pesaba en los hombros. Justo entonces entró una llamada: una emergencia en una librería. Al llegar, encontramos a una chica con dificultad para respirar. La estabilizamos rápido, guiados por la rutina y la adrenalina. Estábamos por salir cuando apareció su hermana.Y ahí… ahí todo cambió —tomo una gran bocanada de aire—. Era la chica más linda que había visto en mi vida. Estaba preciosa, aunque lucía pálida, asustada, temblando, pero aun así, había algo en ella que me atrapó al instante. Nos acompañó durante el trayecto al hospital, sentada a mi lado, intentando mantener la calma. Recuerdo perfectamente el momento en que tomé su mano para tranquilizarla. Fue un gesto instintivo, profesional, eso me dije. Pero en cuanto su piel rozó la mía, sentí un cosquilleo leve, inesperado… extraño, sí, pero también increíblemente agradable. Como si algo dentro de mí hubiera despertado sin previo aviso —susp
𓏲ּ𝄢⋆༺Natty༻⋆𓏲ּ𝄢La vida suele darnos oportunidades inesperadas. Hoy, a mis cuarenta y ocho años, estoy en un lugar que jamás imaginé habitar.Mi padre murió cuando yo tenía dieciocho. Se quitó la vida, ahogado por las deudas del juego, nos dejó a mi madre y a mí enfrentando un mundo que se volvió demasiado grande de un día para otro. Abandoné mi carrera, trabajamos dos turnos, hicimos lo que estaba en nuestras manos para sostener la situación, las amenazas de perder lo único que teníamos, nuestro hogar, eran demasiado latentes. Era hija única; no podía dejarla sola cuando más me necesitaba.Con el tiempo conseguí empleo en un periódico, como asistente del director: un hombre de treinta y ocho, atractivo, educado, seguro de sí mismo. Al principio, sus atenciones me deslumbraron. Me llevaba a viajes, reuniones, eventos… siempre tan atento, tan presente. Pero era un hombre casado, con tres hijos. Su esposa vivía más pendiente de su apariencia que de él; de la vida social, viajes cons
La celebración continúa. Leah lanza el ramo y Natty lo atrapa casi por reflejo. Ella niega con la cabeza, avergonzada, pero las miradas que intercambia con Artur dicen otra cosa: todos sabemos que podría ser la siguiente.Compartimos con nuestros amigos, con nuestra familia. Adriel no deja de repetir que somos la pareja más bonita que ha visto; Danae y Hayleen se turnan para robarle bailes a Leah; y Natty llora cada vez que nos mira. Artur se ríe con cariño de ella, aunque también se limpia los ojos cuando cree que nadie lo está observando, en el tiempo que lleva trabajando con ellas, les ha tomado mucho cariño.Ya entrada la noche, nos despedimos de todos, agradeciendo a cada persona por acompañarnos, por ser parte de este día tan feliz para nosotros.En el trayecto a casa, entre el silencio cómodo y el cansancio dulce de la celebración, tomo la mano de Leah.—¿Estás contenta? —le pregunto.—Contenta no es una palabra que pueda describir lo que siento en este momento —responde, con l
La iglesia está tan silenciosa que puedo escuchar mi propia respiración. Estoy de pie frente al altar, con las manos entrelazadas detrás de la espalda para que no noten que me tiemblan, llevo un traje negro con un camisa beige y un corbatín que siento demasiado ajustado. Nunca pensé que este lugar pudiera intimidarme… hasta hoy. Porque hoy la espero a ella, hoy será el gran día en el que unamos nuestras vidas para siempre. Han pasado algunos meses y, poco a poco, todo ha vuelto a su curso. Leah trabaja ahora en una escuela, da clases a segundo grado y se le nota la felicidad. Verla llegar a casa con historias de sus pequeños alumnos es una de mis partes favoritas del día.Danae ha mejorado mucho con su nuevo tratamiento; aun así, sé que Adriel tiene gran parte del mérito. No la deja caer. La anima, la distrae, la hace reír. Es imposible no agradecerle en silencio cada vez que los veo juntos. Hayleen, en cambio, está más reservada. Se nota que libra su propia batalla interna, pero es
Último capítulo