6. No puedo creerlo
—¿Te gustó? —pregunta Cristian, al abrir la puerta del coche.
—Sí. La verdad, nunca había tenido la oportunidad de venir.
Rodea el coche para subirse, al hacerlo, se inclina hacia mí, pasa sus manos por mi cuello con delicadeza acercándose lentamente. Me da un beso suave en los labios, apenas un roce, pero suficiente para ponerme nerviosa.
Durante años imaginé que, si algún día esto pasaba, sentiría mariposas descontroladas en el estómago o una explosión en el pecho, algo digno de las novelas