Mundo ficciónIniciar sesiónNos acomodamos en una de las bancas del frente. El murmullo de los invitados, el olor a flores frescas y el eco suave de los pasos en el pasillo deberían tranquilizarme, pero en lugar de eso siento cómo algo dentro de mí se rompe… como si una puerta que llevo años manteniendo cerrada se abriera sola.Y entonces me viene a la memoria la última conversación que tuve con mis padres.
Yo estaba por graduarme de la universidad y a punto de cumplir veintitrés años. Llevaba meses trabajando como auxiliar de maestra, intentando equilibrar exámenes finales, prácticas y la presión de demostrar que podía con todo. Estaba agotada, abrumada… y quizá por eso reaccioné como lo hice aquel día. A veces pienso que si hubiera sabido lo que iba a pasar, habría dicho otras cosas, habría abrazado más fuerte, habría escuchado mejor. Pero en ese momento solo era una chica cansada, tratando de no desmoronarse…
—Mamá, ¿por qué tienen que viajar justo ahora que estoy en exámenes finales? —pregunté, incapaz de ocultar la frustración que me tenía al borde del colapso.
Mi padre, siempre tan tranquilo, me tomó de la mano con esa paciencia que parecía inagotable.
—Leah, solo serán dos semanas. Te aseguro que volveremos antes de que te des cuenta —dijo con una sonrisa que, en ese momento, no supe valorar.
Mi madre, de carácter más firme, cerró su maleta y se quedó observándome con esa mezcla de amor y determinación tan suya.
—Leah, sabes cuánto admiro a la autora que vamos a ver. No vendrá a Nashville y es mi única oportunidad de conocerla, sueño con que me firme un libro.
—Lo sé, mamá, pero… —intenté justificar mi actitud, aunque no tenía un argumento real. Solo estaba cansada.
—Te prometo que cuando regresemos yo misma te ayudaré a estudiar —aseguró, acercándose para abrazarme.
—No te preocupes, mamá. Tienes razón, además, nunca salen de viaje —cedí, sintiéndome un poco avergonzada. Ellos trabajaban tanto por nosotras que lo último que merecían era mi mal humor.
—Gracias, hija. Te pedí que te quedaras estas dos semanas aquí en casa para que estés al pendiente de Danae. Ya sabes que Hayleen vive en la luna y no me quedaría tranquila dejándolas solas.
—Yo me encargaré de Danae —prometí.
—Y de Hayleen —añadió mi padre con una sonrisa—. Al final siempre has hecho el papel de hermana mayor.
—Hayleen es buena —intervino mi madre—. Solo que piensa que el amor lo es todo en la vida, y eso la ha hecho perder el piso.
—¿Y cómo no? —bromeó mi padre—. Si se enamora a primera vista, al primer respiro, al primer toque…
—¡Leandro! —lo reprendió mi madre, aunque no pudo evitar sonreír—. Es joven, pero madurará cuando entienda que no siempre se necesita un hombre para ser feliz.
—Lo sé —respondió él—. Pero a sus veintiséis años nosotros ya sabíamos lo que queríamos. Ni Danae, con diez años, suspira de amor todos los días.
—Hay hombres que sí ayudan con la felicidad —añadió mi madre, mirándolo con ternura.
Mi padre se acercó y le dio un beso suave. Llevaban tantos años juntos, y aun así seguían mirándose como si el mundo se detuviera alrededor. No eran perfectos, pero para mí eran lo más cercano al amor verdadero.
—Leah, ¿ya no volviste a salir con el hermano de tu amiga Yeimi? —preguntó mi madre mientras recogía sus cosas por la habitación.
La habitación de mis padres siempre había sido mi lugar favorito: paredes beige, muebles rústicos, la chimenea que convertía cada noche en un cuento. Mi padre decía que esa habitación fue lo que los enamoró de la casa.
—No, mamá, quedamos en salir después de los exámenes, ahora no quiero distracciones.
—Haces bien —aprobó mi padre—. Ya tendrás tiempo para enamorarte.
—Yo no digo que se enamore —replicó mi madre—. Pero sí necesita distraerse, desde que se mudó al segundo piso de la librería, solo estudia y trabaja. ¡No tiene vida social!
—Bueno, mamá, te prometo que cuando regresen aceptaré alguna invitación de Cristian.
—Mujer, ¿a ti quién te entiende? —se quejó mi padre cruzándose de brazos—. Quieres que Leah salga con alguien y que Hayleen deje de pensar en el amor.
—Es diferente —insistió ella—. Leah siempre ha sido responsable y necesita divertirse. Hayleen solo piensa en divertirse y no en su futuro.
—Bueno, dejémoslo así —intervine antes de que la conversación escalara—. Vamos a llevarlos a la estación de autobuses, se hace tarde.
Mi padre miró el reloj y asintió.
—Es verdad, ya vamos tarde.
Bajamos las maletas. Hayleen salió de su habitación, impecable como siempre.
—Hayleen, vamos a llevar a papá y mamá a la estación —le dijo Danae—. ¿Vienes?
—No, voy a despedirme, pero mis amigas pasarán por mí en unos minutos.
Subió a despedirse y, poco después, mis padres bajaron listos para irse.
—Leah —me llamó mi madre antes de bajarse del coche en la estación—. Sé que no necesito decírtelo, pero cuida mucho a Danae. Ha estado estable, pero no quiero recaídas.
—No te preocupes, mamá. La cuidaré, te lo prometo.
—Y si no es mucho pedir… cuida también a Hayleen. Sé que es rebelde, pero confío en que tú puedas hacerla entrar en razón. Que vea en ti un ejemplo.
—Eso sí está difícil, mamá —sonreí con tristeza—. Pero lo intentaré.
—Gracias, hija. Eres una gran mujer, la vida te va a recompensar por ser tan buena hija y tan buena hermana.
—Te amo, mamá.
—Y yo a ti.
Nos abrazamos. Luego me despedí de mi padre.
—Cuida la librería, hija —me pidió antes de subir al autobús.
—Lo haré, papá. Diviértanse.
Los vimos alejarse, sin imaginar que sería la ultima vez.
Danae y yo volvimos a casa.
Esa misma noche recibí la llamada…
El autobús había tenido un accidente…
No hubo sobrevivientes…
Abro los ojos con un nudo en la garganta. Recordar a mis padres siempre me deja un hueco en el pecho, pero revivir esa noche… esa llamada… hace que las lágrimas me broten sin pedir permiso, me las limpio con la punta de los dedos justo cuando la orquesta empieza a tocar la marcha nupcial. Todos se ponen de pie. Respiro hondo, una, dos, tres veces, obligándome a volver al presente, a la boda, a Hayleen y me levanto también.
Hayleen aparece en la entrada de la iglesia, está preciosa con su vestido blanco, radiante. Viene del brazo del padre de Eric, y por un instante me sorprende lo adulta que se ve, lo segura, lo feliz.
Danae y Hayleen heredaron el cabello rubio, los ojos cafés y los labios finos de mi padre. Yo, en cambio, soy el reflejo de mi madre: ojos color miel, aunque cambian de color según la ropa que use, cabello castaño levemente rizado o indomable, como prefiero llamarlo, porque nunca se queda donde lo pongo y labios más gruesos. Somos distintas, pero siempre hemos encajado como piezas de un mismo rompecabezas.
Hayleen es un poco más rellenita que yo, y aunque siempre ha sido hermosa, a veces se siente incómoda con su cuerpo. Yo intento recordarle que la belleza no tiene una sola forma. Danae, por su parte, es delgada, aunque sus medicamentos a veces le hacen subir de peso. Cuando eso la entristece, estoy ahí para decirle que su valor no cambia con una talla.
Vuelvo a mirar a Hayleen justo cuando llega al altar, su sonrisa es tan amplia, tan sincera, que esta vez las lágrimas que me caen son de alegría. Danae me toma la mano y la aprieta con cariño.
—Por fin va a sentar cabeza —bromea, con los ojos brillosos.
—Eso parece —respondo, contagiada por su emoción.
La iglesia es la misma a la que veníamos con mis padres cada domingo. No es grande, pero es hermosa. Siempre me gustaba mirar el techo y perderme en sus pinturas. Las bancas de madera caoba y las alfombras rojas le dan un aire solemne, casi mágico. Hoy está más llena que nunca, parece que Eric tiene más familia de la que imaginábamos.
Natty llega y se sienta a mi lado.
—Todo en orden, hija. No hay nada de qué preocuparse —susurra.
—Gracias —respondo, aliviada.
La ceremonia avanza sin contratiempos. Cuando termina, nos acercamos a felicitarlos. Hayleen está resplandeciente, Eric parece orgulloso, y por un momento todo se siente… bien. Después de algunas fotografías, nos dirigimos a la cafetería para la recepción.
Adornamos todo con flores blancas y lilas. La cafetería luce más hermosa que nunca, la diseñamos para que cualquiera pudiera sentirse en casa: sillones cómodos repartidos entre las mesas blancas, paredes decoradas con poemas y fragmentos de libros, y esa luz suave que entra por los ventanales y convierte cada rincón en un refugio.
La barra, con sus taburetes alineados, permanece cerrada al público; la puerta que conecta con la librería también está cerrada. Hoy la cafetería no es un negocio: es el escenario de la boda de mi hermana.
Elegimos hacer la recepción un viernes, es un día tranquilo, sin demasiada venta, además era el que mejor se acomodaba para la familia de Eric… y para su luna de miel. Todo parecía encajar.
Los invitados comienzan a comer, y yo me muevo de un lado a otro asegurándome de que todo marche bien. Estoy tan agobiada que ni siquiera he probado bocado, la responsabilidad me aprieta el pecho como una mano invisible.
Entonces escucho la puerta. Me giro, esperando ver a algún invitado más… pero me sorprendo al ver a mi amiga Yeimi. Su presencia, tan inesperada, me provoca un alivio que no sabía que necesitaba.
—Yo la invité, le dije que trajera a Cristian —explica Danae con una sonrisa enorme y un guiño tan obvio que casi me hace reír.
Y efectivamente, a los pocos minutos entran dos chicos detrás de Yeimi. La energía del lugar cambia apenas cruzan la puerta, como si el aire se acomodara para anunciar que algo o alguien está a punto de alterar mi noche.







