Inicio / Romance / ¡No me puedo… enamorar! / 3. Una invitación pendiente
3. Una invitación pendiente

Me acerco a saludarla, un poco nerviosa.

—¡Yeimi, qué alegría verte! —exclamo, abrazándola con fuerza—. Estás más hermosa que nunca.

Ella sonríe, y como siempre, su presencia ilumina el lugar. Yeimi tiene ese tipo de belleza que hace que la gente se gire a mirarla: su cabello negro larguísimo, sus ojos verdes y esa figura que siempre llamó la atención.

—Hace mucho que quería venir a saludarte —dice con una sonrisa cálida—. Tú también estás hermosa.

—No puedo creer que estés aquí —respondo, sintiendo una emoción inesperada.

—Cuando Danae me invitó, no pude negarme. Tenía muchas ganas de verte —suspira con un toque de nostalgia—. Mira, te presento a mi esposo, César.

—Es un gusto —le digo, estrechando su mano.

—Igualmente —responde él—. He escuchado mucho sobre ti. Tenía ganas de conocerte.

—Espero que hayan sido cosas buenas —bromeo.

—Créeme que sí —sonríe.

Yeimi y César hacen una pareja preciosa. Él es alto, delgado, con el cabello negro y los ojos oscuros. Su piel almendrada contrasta con la de ella, y juntos parecen sacados de una fotografía perfecta.

—Hola, Leah —saluda Cristian, apareciendo detrás de César—. No sé si aún me recuerdes.

—Hola, Cristian, claro que te recuerdo.

Estoy por darle la mano, pero él se adelanta y me da un beso enorme en la mejilla. El gesto me toma por sorpresa y, por un instante, vuelvo a ser la chica nerviosa de hace años, cuando él me invitó a salir y yo no sabía ni dónde poner las manos.

No puedo negar que está guapísimo. Sigue teniendo esa mirada coqueta, esos ojos verdes que parecen encenderse apenas me ve, y el cabello negro corto que siempre lo hizo destacar. Su cuerpo tonificado delata que nunca abandonó los deportes; se mueve con esa seguridad tranquila que siempre lo caracterizó. Lleva un traje negro impecable y una camisa blanca que resalta aún más su porte. Y, como siempre, mis ojos terminan en sus zapatos relucientes. Mi padre decía que un hombre que cuida sus zapatos es ordenado en su vida.

—Pasen, por favor. Tomen asiento —les indico, señalando una mesa vacía—. Enseguida regreso.

Me alejo para pedir a los meseros que los atiendan.

—No recordaba a Cristian tan guapo —murmura Danae, suspirando.

—Ni yo… —admito, sin poder apartar la mirada de él—. Parece que los años le han sentado muy bien.

—La última vez que lo vi fue en un juego de basketball en el gimnasio del colegio, él era el entrenador del equipo —comenta Danae.

—Tal vez no lo recuerdes, pero él fue al funeral de nuestros padres —explico.

—No lo recuerdo —responde con nostalgia. 

Me acerco y le doy un beso en la frente, un gesto pequeño que parece calmarla. 

—Bueno, voy a revisar que todo esté bien con los invitados.

Empiezo a caminar entre las mesas, asegurándome de que todos estén cómodos. Los meseros retiran platos, sirven bebidas, y la música de fondo mantiene un ambiente cálido. Estoy por regresar con Danae cuando veo que César y Cristian se levantan y se dirigen hacia la salida.

—¿Todo bien? —le pregunto a Yeimi, acercándome a su mesa.

—Sí, César va a fumar y Cristian lo acompañó, no se vaya a perder solo —bromea—. Leah, yo quiero pedirte una disculpa.

—¿Por qué? —pregunto, genuinamente confundida.

—Cuando tus padres fallecieron… no estuve contigo, me necesitabas y yo me alejé.

Sus palabras me toman por sorpresa, no esperaba que trajera eso al presente. 

—Yeimi, era difícil que no te alejaras, mi actitud no fue la mejor, estaba tan preocupada pensando en las responsabilidades que tenía que no permití que nadie se acercara a mí.

—Pero yo debí entenderte —insiste con la voz un poco quebrada—. Te quedaste con una responsabilidad muy grande y renunciaste a tu trabajo para hacerte cargo de la librería y de tus hermanas.

—No tenía otra opción —contesto con tristeza, siempre siento nostalgia cuando recuerdo todos los planes que tenía para mi futuro.

—Lo sé y es lo qué más me duele, que no supe comprender cómo te sentías en ese momento —se recrimina—. ¿Terminaste tus estudios? —me pregunta.

—Sí, aunque no con las mejores calificaciones.

—De verdad, no sabes cuanto lo siento.

—No te preocupes Yeimi, ya pasó mucho tiempo y de verdad, me alegra verte de nuevo.

—A mí también me alegra mucho verte, además te ves muy bien.

Sonrío, si ella supiera que mi vida no es tan fácil como parece.

—Y tú también te ves muy feliz ¿cuánto hace qué te casaste? —interrogo. Yeimi es tres años mayor que yo, ahora tiene la edad de Hayleen, treinta y uno. Aunque no estábamos en el mismo curso de la universidad, aún así fuimos muy buenas amigas.

—Tenemos tres años de casados, César es cinco años menor que yo, acaba de cumplir veintiséis.

—¿De verdad? Ni siquiera se nota.

—Yo sí lo noto, sobre todo ahora que estoy por cumplir los treinta y dos.

—No, de verdad no se nota la diferencia, son una pareja muy bonita.

—Gracias —suspira y sonríe, pero siento que esa sonrisa no le llega a los ojos—. Por cierto, Cristian está de paso, vino a saludarme.

Cristian es el hermano mayor de Yeimi, tiene treinta y cinco años, mientras ella y yo estudiabamos, él ya trabajaba con su padre, mi madre decía que era muy buen muchacho y un gran partido, siempre insistía en que saliera con él, aunque también recuerdo que nunca tomaba a ninguna chica en serio; era tan popular que parecía inalcanzable. 

—¿No vive aquí? — pregunto.

—No, vive en Virginia, allá tiene su despacho de abogados. 

—Recuerdo que trabajaba con tu padre.

—Sí, de hecho pusieron otra oficina en Virginia, salió una oportunidad muy buena para representar a una cadena de hoteles y por esa razón Cristian se fue para allá.

—Que bien, me alegra que les este yendo bien.

—Aún no se casa —mueve las cejas sugerente.

—¿Y eso? —cuestiono. 

Realmente me extraña que no se haya casado, y aunque intente negarlo, en el fondo me alegra un poco saberlo.

—Parece que no ha encontrado el verdadero amor —comenta con una media sonrisa.

—Ojalá lo encuentre, porque yo cada día confirmo que el amor verdadero solo existe en las películas y en los libros.

—Lo mismo dice él— bromea Yeimi—. Ha tenido algunas experiencias realmente malas.

En ese momento, Cristian y César regresan y se sientan. La música baja de volumen y escucho a alguien anunciar que el primer baile de los novios está por comenzar. Hayleen me hace señas desde la pista para que me acerque.

—Ahora regreso —me disculpo y camino hacia Hayleen, que se ve un poco molesta.

—Leah, te pedí que contrataras una banda de música clásica —me reclama en voz baja, aunque su ceño lo dice todo.

—Lo siento, Hayleen, pero fue muy poco tiempo para encontrar una disponible.

—Está bien, no es lo que quería, pero si no hay más… entonces pídele a los músicos que toquen nuestra primera canción.

Asiento y me acerco a los músicos, les entrego la lista de canciones que Hayleen quiere y confirmo que la primera esté lista. Estoy por volver con mis amigos cuando la madre de Eric se acerca a mí con expresión de alarma.

—¡Leah, tenemos un problema!

—¿Qué pasa?

—Cancelaron los boletos del vuelo de los chicos para la luna de miel.

—¿Por qué? —inquiero, desconcertada.

—No lo sé. La aerolínea no nos dio detalles.

—Bueno, lo siento mucho, pero yo no puedo hacer nada. Ellos deben solucionar el problema.

—Pero Leah, ¡los chicos no podrán viajar!

—Señora, Eric quedó en pagar la luna de miel. Dígale a él que solucione ese detalle.

Me doy media vuelta antes de que pueda seguir insistiendo y camino hacia la barra. Tomo un vaso con agua y respiro hondo.

—¿Problemas? —pregunta Natty, acercándose.

—A veces siento que nunca hago suficiente.

Natty me toma la mano con ternura.

—Por ti no, hija. Por los demás, siempre.

Tiene razón. No sé cómo, pero siempre termino cargando con todo.

Sigo moviéndome entre mesas, resolviendo contratiempos que no dejan de aparecer. La familia de Eric es exigente, y cada comentario suyo me provoca un nuevo dolor de cabeza. Aun así, sigo sonriendo, sigo resolviendo, sigo sosteniendo todo como puedo.

—Leah —Yeimi se acerca a mí—, gracias por la invitación. Ya nos vamos —dice mientras me abraza.

Miro el reloj. Ya pasó de la medianoche.

—Gracias por venir, Yeimi. Me dio mucho gusto verte y disculpa que no pude atenderlos como era debido. 

—Ni lo digas, entendemos que estás muy ocupada —le resta importancia—. Espero que nos volvamos a ver. Necesito recuperar a mi amiga.

—Así será, sabes dónde encontrarme.

César también se despide y se van. Me doy cuenta de que Cristian se ha quedado solo en la mesa, así que me acerco.

—Hola —saludo con una sonrisa.

—Hola. ¿Te puedes sentar un momento? —pregunta—. Sé que estás bastante ocupada.

—Claro, necesito un respiro —respondo, dejándome caer frente a él.

—¿Qué ha pasado con tu vida? —me pregunta con interés genuino.

—Nada interesante, se me pasa el tiempo trabajando e intentando sobrevivir. 

—En eso nos parecemos —se ríe—. Yo también paso la mayor parte del tiempo en la oficina —suspira—. Estaba recordando que… nunca me aceptaste aquella invitación.

—Lo sé —admito avergonzda—. Y créeme que sí pensaba hacerlo, pero… bueno, ya sabes lo que pasó.

Me toma de la mano, el contacto es cálido, inesperado, y me provoca un poco de nervios. 

—¿Será que ahora sí me aceptarás esa invitación? —cuestiona esperanzado—. Me quedaré solo unos días aquí en Nashville y de verdad me gustaría que aceptaras salir conmigo.

Aunque Cristian me atrae, no creo que sea un buen momento para una relación. No ahora, no con la boda de Hayleen, no con todo lo que tengo encima ahora que estará de viaje y el trabajo en la cafetería se duplicará, levanto la mirada para negarme,  pero él me está mirando esperanzado y…

—¿Entonces? —insiste.

—Es que…

—Me lo debes —interrumpe con una sonrisa traviesa—. Te invité demasiadas veces.

—Está bien, acepto —cedo finalmente.

—¿Mañana te parece bien?

Pensaba tomarme el día para organizar algunas cosas en la librería, pero un día no va a destruir el mundo o eso quiero creer.

—Sí, me parece bien. 

—Bien. ¿A qué hora paso por ti?

Pienso en Danae, por la tarde puedo pedirle a Natty que se quede con ella.

—A las cinco de la tarde estaría perfecto.

—¿Y dónde te recojo?

—Aquí mismo.

—Perfecto, entonces te veo mañana a las cinco —sonríe enormemente—.  Ahora tengo que irme, Yeimi y César me están esperando en el coche.

Me da un beso en la mejilla y se va.

Me quedo ahí, inmóvil unos segundos. Hace tanto tiempo que no tengo una cita que no sé si estoy emocionada… o asustada.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
capítulo anteriorcapítulo siguiente
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP