Se va, y no mira atrás
Cinco años de casada, y Camila Rodríguez lo había dado todo sin una sola queja ni un solo arrepentimiento.
Se encargaba de la hija, trataba a sus suegros con todo el cariño del mundo, y le daba a Mateo Fernández todo el espacio que él quisiera.
Pero tanta entrega solo sirvió para que su marido anduviera manteniendo a una amante a escondidas —le puso auto, le puso casa, hasta le consiguió trabajo, y la colmaba de un amor que a Camila nunca le dio.
Con tal de que su esposo, que ya casi ni pisaba la casa, volviera a ella, Camila se jugó todo por tener un segundo hijo, y esta vez rezaba porque fuera varón.
Pensó que si él aceptaba tener otro bebé con ella, era porque por fin la reconocía como su verdadera esposa, como la señora Fernández. Pero la verdad era otra muy distinta: Mateo le tenía miedo a que su amante corriera peligro dando a luz, y por eso usó a Camila nada más como una máquina de tener hijos.
Ella se consolaba pensando que, aunque hubiera perdido al esposo, al menos le quedaba su hija para no estar sola. Pero hasta esa niña que había criado ella misma terminó siéndole arrebatada, convertida en hija de otra.
Y ahí, de golpe, algo se rompió dentro de Camila. Se deshizo del segundo bebé y decidió que ya no quería nada de esa familia: ni al marido ni a la hija, no quería saber nada de ninguno de los dos.
Pero cuando por fin llegó el divorcio, el mismo esposo que nunca quería volver a casa se le plantó en medio de la sala, cerrándole el paso:
—¿No que íbamos a tener un segundo hijo?