Fingí el Aborto y Me Quedé con Todo
Cuando Manuel Montenegro volvió a casa con un niño de tres años, yo estaba eligiendo cunas.
El pequeño tenía los mismos ojos que Renata Salcedo, el primer amor de Manuel.
—Acaba de volver al país y no tiene fuerzas para ocuparse de él. A partir de ahora, yo criaré a este niño.
La voz de Manuel no admitía objeciones, aunque su mirada estaba clavada en la leve curva de mi vientre.
—En cuanto al que llevas dentro, abórtalo. Este niño es muy sensible y todavía no está preparado para aceptar a un hermanito.
Los dedos con los que sostenía la ecografía me temblaron. Guardé silencio durante un largo rato y después asentí con docilidad.
—Está bien. Haré lo que tú digas.
Al día siguiente salí sola de la clínica y le entregué una constancia médica que acreditaba el aborto.
Manuel la dejó sobre la mesa sin prestarle demasiada atención.
—Mañana pondré a tu nombre el penthouse dúplex.
Asentí con calma.
—Está bien. Gracias.
Al no ver ni las lágrimas ni la escena que esperaba, frunció apenas el ceño y no dijo nada más.
Lo que él ignoraba era que la constancia médica era falsa y que yo seguía embarazada; la propiedad, en cambio, era muy real.
Al fin y al cabo, tenía clara una cosa: el dolor podía ser verdadero, pero nunca debía nublarme el juicio. Cada rastro de culpa de un hombre tenía que convertirse en dinero.