El Tormento de Valeria Ordóñez
Siento que lo más frustrante de la adversidad es quedarnos estancados en el laberinto de las preguntas: ¿Por qué a mí? ¿Qué hice para merecerlo? Nos desmoronamos intentando encontrarle un sentido a lo que no lo tiene. Al final, no se trata de si merecemos o no lo que nos pasa; simplemente no podemos permitir que nuestra energía se evapore en interrogantes que nunca tendrán una respuesta válida. A veces, la vida solo sucede, sin justicia y sin explicaciones.
Aún recuerdo cuando era niña y las advertencias de mi madre me resbalaban como gotas de lluvia; en ese entonces, para mí, solo eran palabras. Hoy, sin embargo, me golpean con una fuerza demoledora. Aquellas frases típicas de madre —«No todos quieren tu bien», «No confíes en todo el mundo», «No seré eterna»— han dejado de ser ecos vacíos para convertirse en mi realidad más absoluta. Tenían un peso que yo no supe medir.
Irónicamente, madre, tú también caíste en la trampa. Confiaste en quien no debías, y es por ese error que hoy habito en este infierno.
Te fuiste en aquel accidente junto a mi padre, dejándome a merced de la persona en la cual nunca debieron confiar. No puedo odiarlos; sé que les mostraron una cara falsa, una máscara perfecta de bondad. Pero hoy soy yo quien paga el precio de ese odio y de la envidia que corroe a quien me rodea. Ahora, en medio de tanta oscuridad, parece asomarse una luz... pero me aterra pensar que no sea una salida, sino simplemente la puerta a un nuevo infierno.