La Obsesión de Donovan
—Grita, Nena —siseó Liam Donovan, hincando las rodillas en la cama mientras sujetaba las muñecas de Mia Blackwood contra las almohadas de seda—. Grita para que todos sepan que eres mía.
El sonido fue un gemido ahogado, una mezcla de dolor y placer que casi lo hizo perder el control. Liam no se movía. La tenía atrapada bajo su cuerpo, un muro de músculos tensos y cicatrices, sus ojos café tan oscuros que parecían negros. No se movía, y eso era lo que estaba volviendo loca a Mia. Él la estaba castigando. La estaba disciplinando por intentar escapar de nuevo, por desafiar su autoridad como jefe de seguridad de la mansión Blackwood.
Ella no sabía pelear. No tenía ni idea de cómo defenderse de un hombre que había sido un operador de élite. Pero Mia Blackwood no necesitaba puños. Tenía una lengua afilada y un cuerpo que sabía exactamente cómo tentar al diablo.
Liam deslizó una mano hacia abajo, rodeando su cuello en una suave advertencia, mientras que con la otra presionaba su intimidad contra la de ella.
—Te odio, —susurró ella, enredando sus dedos en su cabello, tirando con fuerza, obligándolo a mirarla—. Odiarás el día en que aceptaste este trabajo.
—Pues prepárate para odiar cada segundo de la noche, Princesa. Porque no pienso soltarte.
Y entonces, Liam embistió. Fue una entrada profunda, fuerte y posesiva, que la hizo arquear la espalda y soltar un grito que él mismo tapó con un beso que sabía a tequila y furia. El sexo no fue suave. No fue romántico. Fue una guerra. Fue el choque de un hombre que había sido un soldado y una mujer que se negaba a ser domesticada. Él empujaba con rabia, reclamando cada centímetro de su piel, y ella respondía con una pasión que lo asustaba.