Al llegar a la empresa, Asher se detuvo frente al enorme ventanal del vestíbulo. Necesitaba un momento para calmar los latidos que golpeaban su pecho como si fueran tambores de guerra.
—Vamos... no eres un niño —murmuró para sí—. Solo entrégaselas y ya.
Presionó el botón del ascensor con manos algo temblorosas. A cada piso que subía, la ansiedad le apretaba el pecho un poco más. Cuando las puertas se abrieron, respiró hondo y avanzó decidido. Pero antes de llegar a su destino, una vocecita lo d