—Entonces, ¿no me dirás qué tienes? —Germán Klaus, vestido esta vez más casual de lo que siempre prefería, se encontraba sentado frente a su sobrina, compartiendo una mesa de jardín mientras ambos terminaban un almuerzo en el gran jardín de su mansión.
Liliana no lo miró de inmediato. Perdida en sus propios pensamientos, la voz de su tío la trajo a tierra, viendo ahora cómo él le daba sorbos a su café.
—No sé de qué hablas —dijo ella, quien usaba un atuendo también casual, aunque nunca perdie