Camila
Marina me miraba con una mano en la cintura y ojos que echaban chispas. Yo la contemplé entre el horror y la sorpresa, ¿cómo supo que todo era una mentira? Cuando lo entendí, quise abofetearme, ella debió escucharnos discutir.
Pasé saliva, tenía qué negarlo hasta el final y convencerla de que se equivocaba.
—¡¿Acaso estás loca?! ¡Nada es falso y te advierto, aléjate de mi prometido!
—¿Prometido? —Sonrió burlona—. Qué graciosa eres. Ya decía yo que alguien como él no podía enamorarse de