Camila
Los tacones de Marina resonaban al caminar, sus caderas se contoneaban a cada paso que daba. Permanecí de pie al lado del escritorio de Julián, con el corazón retumbando en el pecho, cuál tambor de guerra. Y es que eso era, enfrentaríamos una batalla contra ella. Me miró con una sonrisa triunfal antes de clavar sus ojos de arpía en él.
—Aquí estoy señor Ortega —dijo con una voz falsamente dulce—. Dígame, ¿en qué puedo servirle?
—Por favor, siéntese, señorita.
Julián señaló la silla fren