El hombre estaba de espaldas, recortado contra la luz que entraba por la ventana. Al oír el estrépito tras de sí, no se inmutó, sino que soltó un ligero comentario, casi burlón:
—Vaya, pequeña, incluso en estas condiciones logras ubicar a alguien solo con el sonido. No dejas de sorprenderme.
Daisy clavó la mirada en la figura alta y erguida del desconocido, con el ceño más fruncido que la penumbra de la habitación:
—¿Quién rayos eres?
—¿Y ese tono? —respondió él con fingida inocencia—. ¿Acaso no