Mundo ficciónIniciar sesiónHace tres años, Daisy La Torre sobrevivió a un intento de asesinato. Fernando Suárez fue quien la rescató, y desde ese momento, ella se enamoró perdidamente de él. Con astucia y determinación, logró convertirse en su esposa. Durante tres años, Daisy amó sinceramente a Fernando, pero él nunca supo valorarla. Finalmente, después de vivir un secuestro y una explosión que la dejaron al borde del abismo, Daisy, con el corazón roto, le presentó la solicitud de divorcio y desapareció sin dejar rastro. Sin embargo, el destino los volvería a juntar. Ahora, Daisy lleva una vida secreta y está comprometida con el mejor amigo de Fernando. Por lo que este, indignado y consumido por los celos, la tomó en brazos y, con una mirada posesiva, le gritó: —¡Yo no acepto el divorcio!
Leer másEl silencio de Fernando confirmó que no era una pregunta simple. Daisy se cruzó de brazos, con la mirada llena de sospecha:—No parece tan difícil. La última vez me diste un pretexto muy conveniente, ¿por qué esta vez no hablas?—Si repito mi versión, ¿me creerías? —replicó Fernando, clavando los ojos en ella—. Si sé que no confiarás en mis palabras, ¿de qué sirve explicarlo?Daisy sacó su teléfono, abrió un video y se lo mostró. Las imágenes captaban a Fernando reuniéndose con Fausto a altas horas de la noche.—Si no tienen nada que ver, ¿por qué verse de forma tan clandestina?Fernando vaciló, pero al final decidió hablar con franqueza:—Si te digo que es para investigar lo que pasó hace años… para ayudarte a descubrir la verdad, ¿me creerías?—¿Ayudarme a investigar la verdad? —repitió ella con una mezcla de duda y sarcasmo. En su mente, Fernando no tenía por qué involucrarse. Para él, Daisy no era más que una exesposa con la que no compartía ningún lazo emocional.La mirada de desc
—Vaya, no sabía que tuvieras tanta imaginación. Y… vaya que te sobra la vanidad.Antes de que él replicara, Daisy retiró su mano con un tirón y alzó la palma en señal de «stop».—Si quieres que te cambie el vendaje, cierra el pico.Poniendo fin al intercambio, señaló el sofá que se encontraba en medio de la habitación.—Siéntate ahí.Conociendo el carácter de Daisy en esos momentos, Fernando prefirió obedecer sin chistar y se acomodó en el sofá. Daisy trajo el botiquín y se situó detrás de él para quitarle las vendas y sanear la herida. Cuando vio la infección, frunció el ceño con preocupación.—¿Qué estuviste haciendo estos días? —preguntó con un tono que sonaba más a reproche clínico que a curiosidad personal.Como doctora, era imposible que Daisy no manifestara cierta molestia si veía que un paciente había descuidado así su lesión.—Nada en particular —respondió Fernando, sin voltear. Sin embargo, en un acto reflejo, dirigió la mirada sobre el hombro para contemplar el perfil de Dai
Abrió una página web, tecleó la dirección y «hackeó» el sitio en unos pocos minutos, a pesar de las múltiples capas de cifrado.El contenido, aunque confidencial, no le resultó de gran ayuda: buscaba pistas sobre el líder de la Brigada y no encontró ni un solo indicio. Daisy no se dio por vencida.Esa noche, al volver a la casa de los De Jesús, revisó la página con lupa de arriba abajo… sin avances. «¿Quién demonios se oculta tras toda esta cortina?» se preguntó con frustración.Intentó otro enfoque, centrándose en la familia Ortega. Si la Brigada M tenía relación con ellos, debía haber algún rastro. Pero sacarle información a Fausto Ortega no era tarea sencilla. Era un hombre de pocas palabras y muy cauto. Llevaban semanas siguiéndolo en secreto y, aparte de su encuentro con Fernando, no tenía contacto con nadie relevante.«Fernando…» Al pensar en él, la mirada de Daisy se tornó oscura. Nadie había podido esclarecer el nexo entre Fernando y Fausto. Pero era obvio que algo había, o Fer
Hizo una seña para que uno de sus hombres se acercara y le susurró algo al oído. El subordinado asintió antes de retirarse con rapidez.***Después de casi dos días de investigación, Enzo por fin dio con algunas pistas que podían ayudar. Entró a la oficina de Daisy y, con expresión seria, colocó un expediente sobre su escritorio.—Jefa, encontré la información sobre esa serie de números.Daisy dejó a un lado su pluma, abrió la carpeta y, al ver «Brigada M» en el reporte, sus ojos mostraron un brillo peligroso.—¿Estás seguro de esto? —preguntó con un tono gélido.—Verifiqué los datos un par de veces. No cabe duda: la Brigada M es una fuerza estatal que no tiene relación con Y —respondió Enzo, igual de sorprendido. Desde el principio también había sospechado de Y. Las evidencias que tenía apuntaban a que no estaba conectado con el asesino que Daisy perseguía desde hacía décadas, pero a él siempre le pareció un hombre demasiado enigmático. Más aún desde que supo que era el hermano gemelo





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