La suite hospitalaria se había convertido en un mundo aparte, una burbuja de quietud interrumpida solo por el suave “bip” de los monitores y el murmullo ocasional de las enfermeras. Olivia había anclado su existencia a la silla junto a la cama de Lion, haciendo que su presencia se convirtiera en una constante tranquilizadora. Le ajustaba las almohadas, le leía informes empresariales en voz baja cuando el agotamiento no lo vencía, y sus manos encontraban siempre la forma de entrelazarse con las