os días que siguieron se desenvolvieron con la precisión engañosa de un mecanismo de relojería envenenado. Cada hora, cada interacción entre Lion y Olivia, estaba ahora filtrada por una capa invisible de desconfianza. Lion cumplía con su rol: beso en la mejilla por la mañana, preguntas rutinarias sobre la agenda del día, sonrisas forzadas durante las comidas. Pero sus ojos, esos ojos avellana que siempre la habían mirado con una devoción transparente, ahora se posaban en ella de forma evaluador