La suite del hotel de cinco estrellas era una jaula de lujo y silencio. Alistair Finch permanecía de pie frente al ventanal, pero su mente no estaba en el skyline de Londres, sino en el salón comunal del Edificio Aurora, fija en los ojos de Olivia Winchester. Esa mirada no era de filantropía; era de pánico contenido, la de una mujer interpretando un papel con la destreza desesperada de quien sabe que el escenario puede venirse abajo en cualquier momento.
Mientras los demás residentes se deleita