La primavera siguiente encontró a la Fundación Aurora no solo habitada, sino prosperando. Era un organismo vivo que respiraba música y creatividad las veinticuatro horas del día. El jardín comunitario, ahora en plena floración, era un oasis de color donde los residentes compartían café y conversaciones entre los rosales que Alistair Finch vigilaba con orgullo de abuelo. El éxito, medido en risas y en las notas que flotaban por las ventanas abiertas, era palpable.
Pero toda luz proyecta una somb