El otoño tiñó de oro y carmesí los árboles que bordeaban el solar de la Fundación Aurora. El edificio, ahora completo en su estructura exterior, se alzaba no como un desafío al cielo londinense, sino como una promesa arraigada en la tierra. Su fachada, una mezcla de ladrillo recuperado y modernos paneles aislantes, tenía una calidez orgánica que los fríos rascacielos de cristal de la ciudad nunca podrían emular. El jardín comunitario, idea de Alistair Finch, empezaba a brotar en el lugar donde