El amanecer teñía el cielo de Londres de un gris perlado cuando Olivia abrió los ojos. No fue un despertar sereno, sino una sacudida lenta y nauseabunda que se arrastraba desde las profundidades de su sueño. Una pesadez opresiva se había instalado en su estómago y un mareo persistente hacía que la habitación girara lentamente incluso con los párpados cerrados.
—¿Lion? —Murmuró con su voz débil y rasposa.
Él estaba ya despierto, leyendo informes en su tableta a su lado. Al oír su tono, bajó inme