Misteriosa mujer.
Tan pronto como el auto de los lacayos de Edward Vanderbilt se fue, Alan corrió. No porque tuviera fuerzas, sino porque el miedo en su interior le provocaba un sinfín de adrenalina.
No sabía si alguien lo seguía o si era su paranoia hablándole al oído, pero apenas sintió el concreto del pavimento frente a su edificio en sus pies, se obligó a subir los escalones dos a la vez.
Cada músculo de su cuerpo gritaba por descanso, pero no le hizo caso. Tenía que moverse. Tenía que desaparecer. Ahora