Mis hijos, nuestros hijos.
Debería haber respondido con un rotundo “No” Edward Vanderbilt nunca se humillaría de esa manera, jamás se quitaría la vida por una mujer. Sin embargo, por primera vez, desde aquella noche, Anya parecía tener un brillo de esperanza en sus ojos, y él no se sentía con el derecho a quitárselo.
—Te lo dije; haré lo que me pidas, siempre y cuando no manche mi reputación. —Comenzó a decir él, dejando el cuchillo y el tenedor sobre la mesa—. Si mi muerte es lo que necesitas, entonces, la tendrás, y sé