Mi salvadora.
“Pensé que, a diferencia de mí, a ella la amabas.”
Las palabras de Anya seguían repicando dentro de su cabeza como campanadas. Edward se aferró a la baranda del balcón con tanta fuerza que sus nudillos pálidos enrojecieron, mientras el aire fresco de la noche le atormentaba.
Anya dormía. O eso quería creer.
Y él, no podía quedarse a su lado. No después de todo lo que le hizo. No después de ver como su mirada le recordaba cada vez, todo el daño he le había causado.
“A ella la amabas…” ¿Podría de