El peso de una heredera II.

La habitación estaba impregnada de un olor dulce; quizás lavanda o té. Las luces estaban apagadas, salvo por una lámpara pequeña junto a la cuna.

Isabel cantaba melodiosa, pero con la voz ronca por el sueño, meciendo a Anya entre sus brazos.

La niña, ya con tres años, tarareaba la melodía con los ojos medio cerrados, como si quisiera seguir despierta solo por ella.

“Duerme, mi sol, cuando despiertes aquí estaré, todo estará bien, mamá te cuidará, cierra tus ojos, ve a soñar, que mamá, siempre e
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