43. Narra Maverick
Llevaba dos horas aparcado frente al edificio, viendo las ventanas iluminadas, consumido por una rabia sorda y un terror primitivo que jamás había experimentado en los despachos de MAVE. Maverick Kleinman no perdía el control. Yo poseía los tableros, las piezas, las reglas y los tiempos. Pero Anastasia había roto el tablero, había quemado las reglas y, lo peor de todo, se había atrevido a mirarme a los ojos para decirme que ya no me pertenecía.
Cuando salí del vehículo y subí las escaleras de