Leah soltó un jadeo tembloroso. Su cuerpo se arqueó por reflejo; aún seguía adolorido por la reciente batalla. Frunció un poco el ceño.
—¿Te duele…? —susurró Noah, con voz grave, contenida.
Leah negó apenas con la cabeza, con los labios entreabiertos y la respiración agitada, pero no logró emitir palabra. La garganta le ardía, seca, como si no hubiera hablado en siglos.
Noah volvió a aspirar su aroma. Ella olía a cielo, a dulce. Y él no sabía si estaba bien o mal tocarla en ese estado, pero hab